Oh siglo veinte de Pablo Méndez

31 03 2014

Nacido en Madrid, en el año 1975, Pablo Méndez es un escritor vinculado a la Poesía desde su edad adolescente. En 1993 publicó su primer libro, “Palabras de aire”; y en 1994 la edición de “Una flecha hacia la nada”, le reveló como una voz poética seguida con atención. Es autor también, entre otros textos, de “Barrio sin luz”, “Patio interior”, “Alcalá blues”; libros reunidos en “Cadena perpetua” y, también, de “Ana Frank no puede ver la luna”, que fue Premio de la Crítica de Madrid, y ha contado con cuatro ediciones en España, a la vez que una en Ecuador y México, respectivamente.

Como prosista, es autor de las novelas “Guerra de brujas” y “Taller de Poesía”; así como de los ensayos “Cinco escritores en el espejo de la escalinata” y “Alba y ocaso del primer libro”. Por otra parte, ha contribuido con diversos textos en varias obras colectivas, tanto en prosa como en verso. Así mismo, ha realizado numerosas presentaciones de libros de poesía de diferentes autores, publicados por Ediciones Vitruvio y otras editoriales. Finalmente, y como poeta, cabe reseñar que posee una amplia experiencia de lecturas de su obra en numerosas instituciones de carácter educativo y cultural.

“Oh, siglo veinte”, tal y como se informa en la introducción, contiene su última producción poética; una poesía siempre plena de sinceridad y de emoción, que esta vez viene acompañada de nombres propios; quizá de espejos donde mirarse, y saberse uno más entre muchos que caminan. Certero comentario, pues la obra objeto de estas líneas posee en muy alto grado la virtud de la sinceridad, unida a su intrínseca y honda razón argumental; texto plural pero, a la vez, coherente en todas sus partes por el rico y variado numen inspirador; ése que, en el auténtico poeta, nace del remoto y sombrío ayer adolescente, transitando después hasta el permanente manantial de la inspiración interior. Características que se dan en máximo grado en el poeta Pablo Méndez, escritor sin máscara ni efectismo, ajeno a la búsqueda del lucimiento personal, siempre pretenciosa y patética. En este sentido, “Oh, siglo veinte” se nos ofrece, ligero de equipaje, limpio de maquillajes y afeites, reconociendo con naturalidad su anhelo de perfección; entendida ésta como búsqueda de la íntima y universal esencia del ser humano.

Poemas dedicados a un siglo XX, íntimo pero transferible, aunque siempre vinculado a la memoria personal. Confesión textual escenificada con  singular lucidez y lógica poética, transferida a un emocional poema introductorio, el cual reproducimos íntegramente por su emotiva significación para el autor y contextual en el libro:

 

 

 

Pequeño recuerdo

 

Ahora estoy en Madrid en 1940,

                        mi madre, mi tía y Rosa

                        me despidieron en la estación de Ávila,

                        desde la ventanilla no quise verlas llorar,

 

                        llegué al atardecer, lloviznaba

                        y la estación de Atocha no parecía

                        aquellas fotos que vimos

                        en los sueños y las revistas

                        de antes de la guerra,

 

                        pude cenar en la pensión,

                        y pasé la noche lleno de frío,

                        mirando la puerta, agarrado

                        a no sé qué, queriendo imaginar

                        cómo sería la vida con mi padre ya

                        libre de la cárcel el hedor y la muerte

¿Enigmático el sentido? Puede ser; pero también entendible a través del espíritu, como toda la poesía del autor. Instantánea familiar siempre evocadora de momentos intensamente emocionales. Pasión contenida y destierro interior. Obra dividida en cuatro partes atendiendo a su devenir en el siglo que le da nombre: La Madre, El gato de Maribel, El hacha del abuelo, y Club privado. Fragmentación fundamental, respondiendo a una intrínseca razón literaria ajena, en lo adjetivo, al autor; el cual no parece haberse reservado un especial reducto para sí mismo.

 

Primera Parte: La Madre

           

Comienza con el poema titular; en el que se funden lo fatal, con su trágica escenografía tenebrosa; la muerte accidental; y el cuerpo del hijo, tendido allí en la morgue:

 

sereno

blanco y turbio como la nostalgia

en ese hueco

inanimado y sombrío

 

Muerte hiriendo el amor maternal, afligida estatua:

 

como una sombra turbia y enloquecida

un dolor pleno que no sabe

a qué ciencia pertenece

una soledad que tenía manos y dedos

y aullaba como un lobo

 

Drama y también cálido lirismo:

 

ternura entre los labios

amor de la madre

traer del mar cántaros, botellas o palomas

 

Casablanca, 1941

 

Leve, tal vez oculto anhelo de una bohemia aventurera, un bar americano, una salvadora copa de ginebra:

 

amor

pues no he sido feliz

y de ver tanta muerte

se me han borrado los ojos

al mirarme en el espejo

 

Sugestivo arte del caminar, siempre camino, que cantara Antonio Machado, uno de los poetas más apreciados por Pablo Méndez; junto a Paul Celan, Rainer María Rilke, Juana Inés de la Cruz, Gloria Fuertes, Juan Ramón Jiménez, Carmen Conde, Rosalía de Castro, Azorín, Miguel Hernández, Federico García Lorca y otros, citados también en el libro. Prometeica escritura del hoy autor protagonista; itinerante literario cuya tendencia confirman, entre otros, sus poemas Titanic, 1912; Alber Camus en el Retiro y ¡Oh, siglo veinte! Circunstancial historicismo, personal, escénico y convencionalista, con su luz y su tiniebla. Drama humano, cruce de palabras poéticas, flotantes como esporas en el texto hermoso, audaz y sincero.

 

fondo del mar

dramática danza de todo un siglo

toda la sangre del mundo

baúl de distancias

húmedo bosque lleno de voces

 

Melancolía de la primera juventud del poeta; el cual tenía 25 años cuando vio morir la centuria que, inexorablemente, quedaba atrás en los calendarios, pero no en el alma. Y, sin embargo, aquí estoy, confiesa Pablo Méndez:

 

añorándote aún,

no sabiendo cómo vivirte

en este otro siglo,

que dicen nuestro

y que detesto.

 

Espíritu sensible, alerta, profundo e imaginativo. Luchador infatigable que puede extenuar al poeta, pero no aniquilarle. Duplicidad pensante que lacera y estimula a la vez. Memoria de escritores y poemas; arrebato del rapsoda y análisis pautado del músico de las palabras. También, pocas veces, justiciero más allá del olvido:

 

 

Padre Casimiro

 

le gustaba a aquel sacerdote de mi infancia

usar su inteligencia para burlarse de sus alumnos

que entonces teníamos doce años,

 

nos parecía inteligente, sublime, penetrante

y reíamos sus comentarios haciendo más pleno

el acto de humillación a un compañero

 

pero ya digo teníamos doce años, nos faltaba

todo por entender, por vivir todo, él sin embargo

pasó la vida sin aprender nada.

 

Como contrapunto, grato es traer a la memoria al infortunado poeta Paul Celan (Bucovina, 1920 – París, 1970). II Guerra Mundial, estudios de Medicina, Bucarest, Viena. Profesor de idiomas en París y traductor; autor de Adormidera y memoria, De puerta en puerta y La rosa de nadie, entre otras obras; puso fin a su vida arrojándose al Sena en París, Pont Mirabeau, noche del 19 de Abril de 1970. Lamentable pérdida para la Poesía que Pablo Méndez recuerda en “Oh, siglo veinte”, dedicándole estos breves pero emotivos versos:

 

Paul Celan

 

qué frío estaba París aquella noche

todos los niños soñábamos

amar o morir en el río.

 

Tres poemas llenos de significado cierran esta Primera Parte: Crisis blues, Faro de Cabo Palos y Toda una vida. El primero nos dice que viajar no es la respuesta. El segundo que es extraña la luz de ese faro: cuanto más lejos estoy más cerca la veo volver y volver desde el mar de mis entrañas. Y, por último:

 

Toda una vida

 

empleé todo mi dinero

en coches de lujo, mujeres

y libros de poesía,

 

el resto

lo desperdicié.

 

Segunda Parte: El gato de Maribel

 

            Se inicia con un poema de aliento profundo que exige una muy atenta lectura, pues muchas son las claves de unas estrofas que, en gran medida, iluminan “Oh, siglo veinte”. Reproducimos aquí el último cuarteto:

 

 

 ahora ya saben por qué no he vuelto

a probar la miel y tengo ese terror

por los gatos la guerra y el frenético

impulso que hace matar al ser humano.

 

Después,

 

Pequeña conversación interpuesta

 

 sal y alivio de tu herida,

oscuridad de tu cemento,

vagabundo poblando

tus calles vacías…

 

Y un nombre propio:

 

Ángel Sanz Briz

 

… tu hermoso

increíble nombre

 

y escuchárselo entonces

a los pájaros que quieran

celebrar y celebrar

la vida.

 

Momento en el que la voz poética ha iniciado ya un crescendo profundo hacia la metáfora contradictoria; luminosa y oscura a la vez:

 

Herencia

 

se escribe este poema cada día

luego vuelve al papel en blanco,

 

… podrás

escribirlo tú que ahora lo lees,

y será inmensamente distinto

siendo lo mismo.

 

Intrínseca unidad de la búsqueda poética, y filosófica. Un estilo de ser y de pensar; un renacimiento tras largas búsquedas, huellas perdidas en territorios de ardua lectura; raíces, altas ramas, nevadas cumbres, hogueras sin ceniza. Porque:

 

Aquí no se ama nadie

 

… escalera de amor y deseo

tobogán ardiente de la vida que nace

sin embargo al llegar aquí nadie, nadie

se ama…

 

            Pero siempre existe un

 

Alto momento de amor y renuncia

 

… oh madre misteriosa,

vieja reina de mis sombras,

diabólico espejo de mis noches,

bruja ensordecedora y continua:

cómo quieres que haga: la poesía.

 

¿Clamor, pregunta o grito de auxilio?:

 

Porque lo peor no es la muerte – asumamos sus ojos de niña al final del camino – lo peor es su vieja fotografía: Cuando Hitler robó el conejo rosa. O lo que es lo mismo: inequívoca señal de que algunas historias / no terminan de pasar nunca. Como la pertinaz lectura de Las cartas del 36, que un día se arrojaron al estanque de El Retiro de Madrid:

 

… perla gris

húmeda y brillante

allí… se hundieron

como un siglo entero

 

como un país, como

la vergüenza del hombre

que llora y pide

desde la nada

de su propio corazón.

 

Intrahistoria y frío sarcasmo que se extiende hasta la inefable Última conversación con tío Bernardo; aquelarre de un irreverente poeta libertador de tragicómicas tiranías y máscaras de carnaval:

 

… seis palabras crucé con él

en los últimos treinta años; en el 92

que me dijo: si no estudias

matarás a disgustos a tus padres,

y en el 98: fue en claro fuera

de juego, imbécil…

 

Y justo al lado; en la página 55, un brevísimo poema viene raudo y hace justicia:

 

Instinto básico

 

hoy tienes, amor mío, gestos de actriz americana

hagamos el amor hasta el asesinato, clávame

el punzón si es preciso y que mi sangre decore

las colinas plateadas de tu cuerpo.

 

Le siguen cinco versos dedicados a Rainer María Rilque; aquel hermético y elocuente poeta que todos los existencialistas del mundo, del demonio, y de la carne, llevamos inyectados en vena; como escribió Albar Mahtút.

 

Rainer María Rilke

 

yo también he amado al dios del otoño

y he escrito largas cartas sin respuesta

 

pero no he sabido nunca elevarme

nunca perderme en ese palacio

oblicuo transparente húmedo de las flores

 

Y un poco más allá:

 

Reflexión cotidiana

 

tus días mejores no han llegado

y los peores los has vivido ya:

piénsalo así

 

no hay peor asesino

que el que se mata a sí mismo:

sin saberlo

 

Cierto, no hay peor homicida que el suicida. Parece lógico. De cualquier modo en Arte y, por supuesto, en Literatura, toda invención bien pensada y realizada, debe de ser verosímil. Por ejemplo, el poema de Pablo Méndez de la página 60, Conversación aplazada, entre el autor y el célebre poeta español Antonio Machado, nos hace partícipes del hallazgo de una incuestionable mariposa en el interior del ferrocarril subterráneo. Un poco más allá, justo al lado, en el Espejo de la página 61, el poeta viviente, entona un confiteor que es toda una acusación al género humano; que, por supuesto, compartimos no por convicción, sino por obligado axioma:

 

Espejo

 

robé,

mentí,

maté,

 

hice justo

lo que estás pensando,

 

estonces

¿qué soy?

 

 

no lo sé

de todas formas:

lo mismo que tú.

Aceptación ineludible del Corpus Místico del Género Humano que nos recuerda la célere metáfora Todos los Fuegos, el Fuego, de Julio Cortázar.Es decir, una amalgama del Carpintero de Nazareth, de Buda, de Freud, y de Filosofía vestida de Poesía. Porque si vivir bien importa mucho, bien morir quizá interese más. De ahí este inefable y cáustico Anuncio por palabras; vecino de Benito Pérez Galdós en el libro.

 

hombre gordo muy rico y en declive

busca mujer de cualquier lugar

edad y temperamento:

para no morir solo

y escuchar la dulzura

de una voz que le llore…

 

Verdad patética, casi mística; muy semejante a la que inspiró a Juana Inés de la Cruz, tan ferviente religiosa como sensitiva literata, a la que nuestro poeta dedica este sutil y breve poema:

 

hagamos el amor de la literatura otra vez

nada importan los siglos que nos separan

la luz es luz en cualquier noche.

 

¡Cuánto desierto, cuánto abismo, cuántas edades y circunstancias, recorren esos tres versos! A ellos siguen, como no podía ser de otra manera, muchos caminos.

 

Caminos

 

caminos

hay

para

todos

 

el que se equivoca

llega al mismo sitio

que el que acierta

 

¿Nihilismo?

 

Verdad

 

un día, dos, tres

cuatro a lo máximo sin tocar un libro

 

al quinto moriré seco y desdibujado

pareceré un árbol sin raíz y sin mañana

 

Gran poema éste. El alma del autor está en los libros; como la de tantos seres humanos que, para nuestra desgracia, no creemos en lo real; sino en la sub-realidad de la existencia. Pues, o somos surrealistas o no somos nada; es decir, metáfora de nosotros mismos. Más allá de los sentidos que se pudren. Como el idealista Peter Pan, poema de la página 67.

 

esto que no quisiste,

la casa o el dinero,

el coche y la piscina:

las perdidas estrellas:

los agujeros negros,

los años al fin y al cabo:

 

me están matando…

 

Poesía lograda, sin concesiones estéticas ni éticas. Poesía mayor:

 

… oh pájaro siniestro

llévame contigo

a recorrer las sombras

 

veamos amanecer en el parque

abandonado y pleno de la infancia

 

Añoranza existencial, pureza latente en el pensar adulto y en la remota y ya perdida inocencia de la infancia. Así lo dice, de forma tan magistral como contundente, en la calle 71 de su libro:

 

porque estoy borracho de mí mismo,

envenenado por una extraña fruta

que convierte en dulce mi amarga tiniebla.

 

Pero, Pablo Méndez no tiene dudas, aunque en Elogio del libro afirma que a veces parece todo perdido para siempre… y sólo de papel serán los sueños que me lleve. Dramática transición verbal que prosigue en Tristeza de amor y Extraño paseo melancólico, cuando a veces queda la infancia… y yo (el poeta) era el viejo olmo, hendido por el rayo y la memoria.

 

Tercera Parte: El hacha del abuelo

 

Romance de lobos, tierra de Caín.

 

Al comprar esta casa

el hombre oscuro turbio

delgado y siniestro

que nos la vendió

nos dijo: Todo para ustedes

sólo quiero el hacha de mi abuelo,

la que cuelga en el cuarto de la leña.

 

Durante mi infancia, saliendo

de todas mis pesadillas

estaba el hombre aquél,

lleno de sudor y sangre

volviendo de mi casa

con el hacha en la mano…

 

porque la veo todas las noches

está aquí, aquí, más brillante

honda y larga que nunca:

rozando mi cuello.

 

Pero, a pesar de todo, La poesía, la verdadera poesía, está sola:

 

disuelta en el aire

para que llegues tú

y la respires.

 

Sin embargo, tras recordar a Juan Ramón Jiménez:

 

a veces no es tan difícil

dormir bajo la sombra del árbol perfecto…

 

El poema Plaza quiere reivindicar la persona y la obra de León Felipe, el cual reproducimos íntegramente por su significativa entidad literaria:

 

Hoy voy a escribirte un poema a ti

plaza de la República Argentina,

un poema largo y hondo

como si fuese, ojalá, de León Felipe

 

un poema con largos muy largos versos

que llevara cada uno de mis días

pasados en tu fuente,

sí, cada uno, mi adolescencia

en tu larga y callada sombra,

 

 ese es el poema que quiero para ti,

casi una elegía, un pulmón

que tenga el aire

y la rabia de entonces,

 

todo el sueño de estar,

de no haberse movido,

de poder hablar

y decirlo todo con tanto silencio,

 

no sé cómo no lo hice antes,

perdóname, me dejé

llevar pero ya estoy en ello,

 

será este poema una canción

que me ayude a beber otra vez

todo el agua de entonces.

 

Dicho queda; como también el amor en las esporas del viento, en el frío de las sombras, en la neurastenia gris de las lejanas montañas. Así,

 

Novia de siempre

 

… dulce lamento

 

te esperaré en tu casa

que ya no es tuya,

y pasearemos

por mi barrio

que ya no es mío,

 

haremos el amor en tu portal,

y ya en el ascensor, llorarás

al saber qué corto fue aquel túnel

y qué inmenso.

 

Se materializa así la redacción de un proyecto de vida; se perfila el goce, la pasión, el día de mañana. El poeta es ahora un gladiador que escribe a impulsos de la pasión; imagina aconteceres, devora su propio libro vital, asciende, se eleva a las alturas desde donde una perspectiva mayor es posible. Crece el rival del Sol, se adora al hijo de sus raíces brotado como una rama de árbol. Se idealiza carnal el amor, el beso punzante bajo las almohadas, como escribió Federico García Lorca, en “Poeta en Nueva York”. Libro y autor, faro y luz en el numen creador de este complejo escritor integral que es Pablo Méndez. El cual, en su prólogo a una de sus últimas ediciones del célebre libro lorquiano citado más arriba, escribió: “… poderoso hechizo de las imágenes de Lorca que inundan todas las páginas del libro, cuando Federico arranca en cada imagen un suspiro del lector y sabe encontrar en cada circunstancia el efecto ideal, unas veces arrollador y terrible, brutalmente desangelado, otras nostálgico y certero, a veces agresivo y rebelde…”

 

Y Cuarta Parte: Club Privado

 

El incendiario. Punto álgido de “Oh, siglo veinte”; poesía que es llamarada y hoguera.

 

al poner la televisión

escuché en las noticias

el incendio…

 

 

nunca, nunca

he vuelto a sentir

algo tan hondo…

árboles calcinados

algo semejante a un grito,

a un dolor, era lo mismo

que divisar la caída

del pájaro más grande

 e inmenso del mundo…

 

árbol donde dulcemente

amasteis a vuestra mujer, está aquí

ahora, convertido al fin en un abismo de cenizas

 

si queréis venir conmigo os diré el lugar próximo,

cuidaremos los detalles y al volver,

respiraremos juntos el jadeo hosco

adictivo, sublime del árbol cuando muere.

 

El acúfeno

 

Dicen que fueron los perros

los primeros en sentirlo,

lo cierto es que aquella mañana

la ciudad despertó con un extraño ruido,

un ruido metálico, agudo, largo

profundo como un silbo

de los que se meten dentro,

 

La premonición poética, latente en el poeta como tentación de su personal alfa y omega. Cero e infinito; subterráneos y etéreos infierno y paraíso, próximos ya a la catarsis poética.

 

… traspasó el país, y fue llegando

a los confines más reducidos

del mundo, era como una de esas lluvias

que al fin y al cabo siempre llegan…

 

Por amor al arte (¿de equivocarnos?)

 

…  pasamos las tardes contemplando el arte

ahogados de aburrimiento, orgullosos, soñando

la luz de otra herencia que devuelva a esta casa

alegres series americanas y partidos de fútbol

 

 

Adjetivo el argumento, el desarrollo de la voz poética; sustantivo la intensidad en el espíritu de la imagen y la palabra; ese escozor de herida que jamás cicatriza, como un bálsamo, como una sombra unida al ser y a la nada; subliminal, egocéntrica, huyendo encadenada y libre en el sueño de todos los horizontes. Asunción de una ontológica paternidad que, prodigiosamente, nos proyecta hacia otras vidas más allá de la muerte, porque

 

…tú eres mi centro:

 

… mi silencio en voces,

mi arma completa,

mi rebeldía de años,

mi pobre corazón,

mi milagro de cada día,

mi mano llena de conchas,

mi árbol iluminado…

 

Culmen y astrolabio de “Oh, siglo veinte” son todos y cada uno de estos poemas imaginados y soñados por Pablo Méndez. Obra literaria mayor, de autenticidad poco frecuente; sin atisbos de vana-gloria; nacida en la hondura que anuncia el esplendor final de un poemario insigne. Epílogo emocionado que el autor dedica a la trágica realidad humana, dramática y surrealista de

 

Federico García Lorca

 

Cuando te conocí allá por 1990

yo tenía quince turbios y despiadados años

y tres colegios a mis espaldas:

 

entonces apareciste tú con tu asesinato

a cuestas y toda tu genialidad vertida

inmune creciendo y creciendo cada día

 

y lo cambiaste todo, lo cambiaste

desde sabe dónde qué lugar qué dulce

dulce y tormentoso sitio

 

todo te lo debo a ti, todo lo que tengo

que es más de lo que pude soñar

te lo debo a esa forma extraña

con la que llegaste a mi pupitre

a mi primera estantería

a mi enorme mañana

de chico con problemas

a ocupar mi sueño

y llenarlo de es pálpito

de ese pulmón de ese crepúsculo

que hiciste tuyo sin apenas mirarlo

 

 por eso todos los 18 de agosto

te busco en la misma luna

que te vio morir

 

y bebo contigo

el licor amargo sublime

robusto de la vida

que por ti tengo.

 

Ramón Hernández

Madrid, a 18 de Marzo de 2014





Palabras para Fernando López Guisado y su libro La letra perdida

2 12 2012

La Letra perdida, de Fernando López Guisado.

Ediciones Vitruvio, 11 €

 

Los poemas de Fernando López Guisado es preferible escucharlos en voz alta; leérselos uno en un bar sin mucha gente, pero con algo de murmullo de fondo: tipos que vienen y se marchan, el ruido de los coches ahí fuera en la calle,  las eternas cucharillas dando vueltas al café con leche de la tarde.

Tienen algo de terribles en este libro último, La letra perdida; y también de ingenuos, de purificadores, de catárquicos, pues su autor escribe para expresarse y, de paso, contagiarnos a fuer de sensibilidad de cuanto dice.

Poseen una extraña impronta de juventud en la que se advierte que el dolor extremo, el desengaño y la pereza no llegan a ser toda la pereza, el desengaño y el dolor posibles, aunque Fernando crea haber llegado a ello a sus treinta y pocos años; tampoco la felicidad de ver la existencia propia con un cierto reposo, con inamovible complacencia, laxitud, y sin ganas de litigio ni hambres de comerse el mundo de los demás, nuestros egoístas semejantes.

Con La letra perdida el autor ha escrito un libro de altos vuelos y pretensiones: quiere abarcarlo todo, darlo todo, y hasta encontrarse como ante un espejo; pero, claro, uno no se encuentra acaso jamás en esta vida en el espejo, y créanme, no nos aguarda otra en la que mejor contemplarnos.

Hay mucho de viaje iniciático y de búsqueda desasosegada en ellos, y sus músicas distintas, sus tempos sucesivos, se mezclan, pero no se pierden, pues alcanzan a darnos un todo coral: la vida de este hombretón grande, algo tímido y con grillos de vicetiple en la garganta, que nos abrazaría como un oso pero no nos tocaría un solo cabello de esta cabeza que en mi caso al menos amenaza quedarse en unos años algo calva.

Me gusta de ellos que se pueden recitar, casi cantar; y que tienen voluntad de estar bien escritos, ser literatura, y que Fernando escribe “Hambre de Verdad”, “Templo” y “Universo” con mayúscula y es, amén de profundo, pedestremente cotidiano:

 

“Reclamará su derecho a echar el cierre,

se quedará dormido viendo teletienda,

obeso, cebado de palomitas y alquitrán,

desayunos porno y paquetes bomba de la navidad pasada”.

 

Yo sé que los ha escrito sin prisas; sin prisas tampoco a la hora de buscar editor y publicarlos. Sin duda, en este puñado de años, La letra perdida habrá sido un puzzle disperso, y me complace imaginar a su autor juntando piezas como quien reúne fotografías de familia para hacer un álbum de familia.

Se vislumbran un algo, y a veces mucho, de pop, de kitsch, de popular; también, de comic y peli de serie B, y la mitología canónica de nuestros mayores ha dado paso, sí, tras los Ulises, las Dianas, las Galateas de otrora, a lecturas de Neil Gaiman, donde Morfeo es otro que Morfeo; y Lovecraft. Las derringer de bolsillo, que López Guisado evoca en un magnifico poema, no tienen nada que ver con las lanzas y espadones a las que Menéndez Pidal les medía en  1960 la cintura para que resultaran de verdad en el rodaje de El Cid. Eran otras películas, Fernando no había nacido y, menos, estrenado su primer coche, amado a su primera mujer.

  La letra perdida es, en primer lugar, un libro de amor, y de amor es ese primer poema, casi bailable, adormecedor, con que se abre el poemario: “Bajo los tilos/lo supe./ Aunque sucediera el hielo/ y enmudecieran las estaciones”…, que se corresponde con el que cierra circularmente el libro: “Así, juntos,/cogidos de la mano,/ bajo los tilos”.

En medio de estos dos extremos, navega el autor viendo “un sol rojizo que no se apaga nunca”, “submarinos (que) cruzan de norte a sur sin retorno”, cuestionándose qué cosa es la realidad o entregándose “al cercano horizonte entre tinieblas”, y es que, llamemos a las cosas como las llamemos, estamos hablando de surrealismo, suprarrealismo, para ser correctos; querer juntar las dos orillas de un río, como quería Ramón Gómez de la Serna, lo de adentro y lo de afuera; incluso automatismo, gestualismo en los cuadros de Viola, para no quedarnos en un hecho literario, el que aquí reseñamos con agrado, pues La letra perdida, a la postre, no es otra cosa que una fe de vida, un testimonio de la existencia de Fernando López Guisado, madrileño de Rivas, bloguero y “capturador de lo invisible”, que así reza su tarjeta de presentación cuando la ofrece a los amigos.

Manuel Lacarta





Canto cotidiano

23 01 2012

Canto cotidiano, de Juan Carlos Ortega. Ed. Vitruvio

Hay quienes intentan ser poetas y quienes lo son porque no les queda más remedio.

Juan Carlos Ortega forma parte de este segundo grupo y leyéndole uno piensa que la poesía es tan necesaria al ser humano como la vida, si es que se puede establecer alguna diferencia entre ambas. Punto este último muy debatido y al que nuestro poeta respondería con toda seguridad negativamente.

En fin, lo que sí tiene un valor inmenso es el simple hecho de que su obra nos haga sentirnos inmersos en este debate, porque esto significa que su poesía, ya desde la primera lectura, es cosa nuestra, que experimentamos la necesidad de respirar a través de sus versos, de crecer con ellos como su autor, el cual no pudo hacer otra cosa para sobrevivir.

“Mi mundo era hermético.

allí donde otros hablaban

sin miedo,

yo me quedaba callado…

Poco a poco,

muy despacio

y con dolor,

me fui otorgando

el derecho a la palabra.”

Independientemente de lo que se piense con una perspectiva exclusivamente literaria, lo que sí parece cierto es que, con un carácter más esencial, puede señalarse que la palabra  ha sido inventada para comunicarse y este último atributo, la capacidad de comunicación, es lo que ha hecho del hombre una especie aparte y le ha conferido su lugar en la cúspide de la pirámide que describe la estructura de los seres vivos.

 Es por ello que el carácter confesional de estos poemas nos parece un rasgo tan importante como positivo, a la hora de valorarlos y sobre todo de recomendar su lectura.

Por supuesto, lo anteriormente expuesto no niega la validez del aprendizaje literario, sino, en todo caso, acentúa su importancia, puesto que lo incardina en la propia vida del autor, que a estas alturas casi se confunde con el lector y si no, quién con un mínimo de experiencia en el campo de la creación, no firmaría el poema titulado: “El mundillo literario” en el que, hablando de los premios concluye diciendo:

Desconfías.

Desconfías de la imparcialidad

del pasado

y , si no eres fuerte,

desconfías de ti mismo.

Te sientes un imbécil…”

Sin embargo:

Después vuelves a leer

algo muy bueno.

Sientes la llamada

y escribes.”

Sucede que el verdadero dominio de la técnica se consigue a través de la necesidad. El que se ahoga nada para no irse al fondo. El que escribe aprende a domar la palabra para expresar no cualquier cosa, sino lo que él y nadie más que él tiene que decir. Pero, a partir de cierto momento, si los dioses lo han elegido para hacer llegar ese mensaje, las palabras más sencillas se llenan de significado y entonces está claro que nos encontramos ante un escritor.

“Le di otro trago a mi cerveza

mientras pensaba

en todo lo importante de la vida,

que yo también me había perdido.

Y ni siquiera tenía la sensación

de haber sido yo el que elegía”.

La fugacidad y sobre todo la provisionalidad de la existencia humana es un tema numerosamente cantado por los poetas de todos los tiempos; pero con mucha menor frecuencia se pone de relieve en la vida y en su necesario correlato, la muerte, el carácter familiar, casi rutinario, de ambas, lo que nos las hace pasar casi inadvertidas y así sucede que el poeta, en el quirófano al comienzo de una operación, nos dice:

Entro suavemente en la bruma

de un sueño profundo,

del que no sé si quiero

que alguien me saque,

llamándome por mi nombre.

Conciencia adormecida de la propia existencia que, sin embargo, despierta vigorosa cuando se hace “canto cotidiano” en labios del poeta:

“Al despertar

abro los ojos y veo

las primeras luces del día…

entonces me doy cuenta:

mi vida cotidiana

es un regalo excitante.”

Y para demostrarlo, el autor desmenuza a continuación esa vida en una sucesión de instantes que componen una alentadora sinfonía. Así, los poemas titulados: “Dicha”, “Bella durmiente”, “Repeticiones”… retratan ese rostro dulce de la existencia al que tan poco acostumbrados estamos y que tan necesario nos resulta en el áspero camino de este principio de siglo. Al fin, topamos con un ser humano que experimenta en sí mismo y nos comunica con naturalidad pasmosa el gozo de existir sin necesidad de acudir al alcohol, las drogas u otros paraísos prefabricados. El instante en que escribo estas líneas es ya un paraíso. Gracias sean dadas a Dios y a Juan Carlos Ortega por recordarnos que el mero hecho de existir es un don precioso.

Cercados por la desesperanza que domina las principales corrientes filosóficas contemporáneas, es un regalo inestimable leer un poema titulado “Canto a mí mismo”, donde el autor declara:

“Amo la vida

y la vida

me ama a mí.”

Amor a la vida que no excluye la añoranza de lo que pudo ser y no fue, quizá por un capricho del destino, como se pone de manifiesto en el poema titulado “La cita”, que narra la historia de una confusión que impide un encuentro sentimental. Sin embargo:

Yo aún sigo esperándote

en la esquina equivocada.”

Nuestro poeta sigue esperando y nosotros, contagiados por su indómita esperanza, también.

Tal vez la especie humana esté en el lugar equivocado, pero el presente libro nos dice que después de la noche siempre sale el sol y este no entiende de lugares ni tiempos. La vida es una verdad evidente en sí misma para quién así lo siente y si la poesía es, como muchos sostienen, el adelantado de la filosofía, ojalá el volumen aquí comentado anuncie un giro hacia la luz, que sería muy bien venido en estos tiempos oscuros.

Solo nos queda felicitar a su autor por la ráfaga de aire fresco que estas páginas suponen en el panorama poético español contemporáneo.

 José Elgarresta





Ese misterio llamado creación

16 12 2011

Fuga de ideas, de Santiago Gómez Valverde.

Ed.Vitruvio

 

 

 

Yo diría que lo más asombroso que nos ha sucedido a todos es esa cosa inexplicable, sorprendente, contradictoria y, tenga la duración que tenga, siempre corta, que conocemos con el nombre de vida. A costa de esa desconocida hemos desarrollado todo tipo de aproximaciones, preguntas, conjeturas, insultos y demás tanteos que, hasta el momento, que yo sepa, no han conseguido otra cosa que aumentar el volumen de nuestra ignorancia. Ya supondrán que mi charla no va a consistir en desarrollar para ustedes una nueva tesis sobre la escurridiza palabra. A mi edad los únicos jeroglíficos que me divierten son los crucigramas.

Dicho esto, y como era de esperar, mi tarea es mucho más humilde: sencillamente voy a hablarles a ustedes de un libro de poemas. Es decir: voy a hablarles a ustedes del lenguaje poético.

Decía mi maestro, el gran poeta Luis Rosales, que “el lenguaje, como las emociones, nace en una fuente remota del sentir colectivo”. Es decir: que las palabras y los sentimientos no nos pertenecen, son una herencia. Y con las herencias sólo se pueden hacer dos cosas: arruinarlas o enriquecerlas.

Todo esto viene a cuento de que para un creador el lenguaje es lo más parecido al oxígeno. Ningún artista puede respirar sin su correspondiente oxígeno. Y hay tantas variedades de oxígenos como tipos de creación. Música, pintura, escultura, literatura, teatro, cine, etc. Todas respiran gracias al oxígeno que les proporciona su lenguaje.

Ese misterio que llamamos creación reclama, eso sí, algún que otro requisito: respeto, verdad, entrega, exigencia, inconformismo y libertad.

Dicho esto voy a pensar para ustedes en voz alta sobre un libro de Santiago Gómez Valverde titulado Fuga de ideas.

No se les ocultará lo arriesgado que resulta reflexionar sobre poesía anta un auditorio. Pero dice la voz popular que el que no se arriesga no coge peces. Yo voy a intentar atrapar para ustedes esa misteriosa criatura. Y voy a hacerlo siguiendo el consejo de la canción popular: “ A la mar fui por naranjas/ cosa que la mar no tiene/ metí la mano en el agua/ la esperanza me sostiene.

Pues eso es precisamente lo que hace Santiago en esta Fuga de ideas. En “Las estrellas muertas” dice:

 

En los ojos del agua se refleja

la mirada del cielo

añil, que se desviste de estrellas sigilosas.

Por sus venas lejanas

corre la sangre muerta a despertar

un acorde de luz, que ríe en las pupilas

de los hombres, pulsado por el plectro sensible de la luna.

 

Un niño, entre las manos, ese instante sostiene,

en su pulso imborrable lo salva del olvido.

 

El poeta como un taumaturgo va del cielo a la tierra y también de lo vivido a lo soñado. “Somos la arquitectura que apuntala las ruinas del recuerdo”.

Los poemas de Santiago se debaten, como decía Machado, entre el vivir y el soñar. Él pregunta, indaga y, finalmente, nos dice:

 

”Pero no respondiste, el jazmín de la nada

sonreía en el cáliz de tu boca

con la leve fragancia del silencio.”

 

Hay en este libro la disparidad que otorga la libertad; pero frente a la reflexión ontológica nos encontramos con la mansedumbre de lo diario.

 

“El aria de las cosas”

Las cosas en su sitio.

Recibiendo el abrazo desnudo de la luz.

Mis bastones se expanden para impregnarse de ellas.

Armónica quietud, crisálidos arpegios vais reptando,

de ser en ser, por la mano del tiempo,

y una caricia de horas os vivifica en música.

La papelera de mi pensamiento,

envuelta en un instante, se llena de vosotras.

 

Es evidente que en Santiago conviven distintos elementos: la música, los colores, las formas:

 

“El oído del mundo se abre en forma de tierra

para escuchar la música que la lluvia convoca”.

 

Pero lo que predomina en este libro son las señales del vivir. Las cicatrices, las nostalgias. Y también la gratitud por todo ello. En definitiva la consecuencia de que no se puede vivir impunemente. Veamos otro ejemplo:

 

“Naufragio”

Que esta palabra sea

el suave impermeable de tu risa.

En este instante llueve

por los ríos que arrullan la mariposa henchida del silencio,

y la ciudad tirita en su epidermis,

tatuada de graffitis y de taxis.

Que esta palabra sea

el banco donde nunca te sentaste,

donde yo te esperé, donde jamás viniste…

 

 

Los poemas de Santiago se debaten como la música y la pintura entre acogerse a un clasicismo a lo Velázquez (sonetos) o Schubert “La vida y otras muertes” o José Emilio Pacheco, Luis Alberto de Cuenca, etc.

El libro acaba con una serie de poemas breves que titula “Hilos de horas”. Están a caballo entre el aforismo y el haiku. Nos dejan en la boca un sabor agridulce. Sobre todo el último:

 

Tanto silencio

no podría caber

en muchas páginas.

 

Después de estos tres versos nos quedamos un poco pensativos como si hubiésemos vuelto a leer los misteriosos versos de Paul Celan: “ Habla. Pero no separes el no del sí y da a tu a tu decir sentido: déjale la sombra”.

Está claro que Santiago Gómez Valverde conoce bien la sombra.

El poeta ha escrito un libro verdadero y diverso en el que se transparentan los amores de su corazón. Es imposible no advertir su admiración por la música, la pintura y, naturalmente, la literatura. No tengo duda de que será compañero de noche de muchos lectores.

Gracias, Santiago.

                                                     Francisca Aguirre





Escritos de la zona oscura de José Elgarresta

9 12 2011

Conozco a José Elgarresta desde hace treinta y cuatro años y conozco  la poesía de José Elgarresta desde hace, ya, esos mismos treinta y cuatro años. Uno y otra se parecen, como dos botellines de cerveza de la misma marca o dos huevos de avestruz en una cesta; se comprenden, como padre con sus hijas de paseo por el paseo de Recoletos en día de domingo o el sicoanalizado y el sicoanalista en los cuarenta y cinco minutos de desovillar la lana de angora de la madeja de los sueños, y yo creo que este tipo, este Pepe Elgarresta de apariencia seria, tímido, ensimismado, “hombre bueno”, según él gusta de llamarse; y con aire de andar por libre y a sus cosas, escribe unos poemas serios, por carácter, y con un punto de filosofía estoica que le lleva, pese a descreer del mundo, a arrimar su figura a las paredes del palacete de un dios también estoico; escribe sus poemas, digo, sin preocuparse en exceso por los guiños literarios a otros autores ni por hacer Literatura; un tanto libres a la hora de seguir el canon del momento, que yo no sé quién decide ni cómo se aplica, y es que José Elgarresta Ramírez de Haro, que es niño de familia bien, aunque no quiera; educado en colegio religioso de pago y licenciado en Empresariales y en Derecho, ex funcionario técnico de la Hacienda, no es un escritor à la page, porque tiene vocación ácrata de llevar la contraria al clima del hemisferio donde vive, zambullirse en la piscina de casa en pleno mes de diciembre.

Este tipo, un señor por lo general callado, retraído, que no se prodiga en alharacas, y que escribe libros de poesía, cuentos para niños y para adultos, artículos de crítica literaria en revistas y unas inclasificables “memorias” hasta ahora aparecidas en dos tomitos disimuladas de otra cosa que memorias, que él ha dado en llamar Cutrelandia, y que son un ajuste de cuentas con todos nosotros, sus coetáneos, y un desahogo venial sin excesiva mala leche, confiesa que “la poesía es (para el poeta) el arte de hacer pasar el universo a través de él mismo” o “el arte de bailar sobre el abismo sin perder la sonrisa”.

Yo sospecho que escribir es un acto connatural, cotidiano para con él; parte de un proyecto de vida, que no debe confundirse con la bohemia y el dolce far niente, a las que alguna vez se sintió Elgarresta, sí, abocado, con tanto horror, que se volvió monje y encerró en el dormitorio para enterrarse en el edredón de plumas de la cama.

Su literatura, un tanto escéptica, tiene mucho de diario en cuadernos forrados con papel de hule, que es donde comenzamos a escribir los niños de la posguerra, manchando los renglones con la grasa del bocata; desde luego, de confesión, y yo creo que se sitúa en línea de verdad con la filosofía, aunque huya de mayores formulaciones para quedarse en lo doméstico.

Me atrevo a decir que lo epidérmico, aun a riesgo de rondar lo superficial y la boutade, es uno de sus componentes más activos y atractivos, aunque el poeta ya advertía en 1977 en “El bromista”, el primer poema de su primer libro, Monólogos: “Si me creen superficial/ piensen en lo que hacen/todos los días”.

No quiero caer en las etiquetas facilonas ni en los símiles de dudosa preceptiva literaria con miras históricas, pero su literatura es, para entendernos, más “conceptual” que “culterana”; a medias, descriptiva y narrativa; y, decididamente, puesta a contar mejor que cantar, y es que Pepe no participa de esa idea, no sólo mía, pues lo es también de buena parte de la lírica del Renacimiento y desde luego de los simbolistas, de que un poema es una canción y ha de ser cantado, sino que como don Miguel de Unamuno, por ejemplo, por buen ejemplo; cifra el mérito del verso en un valor emocional, esto es, en la capacidad de ser leído, mejor que escuchado. Así, ese jugar a las parábolas, a la fábula, con su innegable carga de lección moral; los monólogos, los salmos, las escenas, nos lleva a un desasosegante preguntar por la realidad “real” y cuestionarlo todo como punto de partida, más individual que social, en que el arte renuncia a su puesta en escena para favorecer de primera mano cuanto es fruto de un sincerarse imprevisible que en ocasiones resultas incluso kitsch, como en el poema “Un funeral” de Escritos de la zona oscura, el libro que aquí nos ocupa: “Nos reunimos a la puerta de la iglesia/ y nos contamos historias de putas/sin la menor falta de respeto”, o el que sigue a éste en el orden del libro, “La nueva fiesta”: “Nos gustaban las mujeres./ La primera fue una puta,/ ¡qué alivio cuando me dijo/ que había cumplido bien!”. No en vano, Miguel Galanes hablaba en la introducción a la Poesía de Pepe de “ese hombre de la calle que se encierra, se pregunta para, en realidad, preguntarle al hombre mismo…”.

Escritos de la zona oscura continúa la fabulación del mundo de José Elgarresta en línea con los anteriores libros, todos, excepto los tres últimos, contenidos en Poesía (1975-2000), que ahora reedita Pablo Méndez en Vitruvio, con indudable acierto.

Es un libro por acumulación, y su unidad no nos resulta otra que la obligada por esa única voz confesional de sus cincuenta y siete poemas, donde casi siempre el “yo” es el vehículo a través del cual se aborda o, en su defecto, se concluye cada texto como un sencillo epifonema: “A mí, que siempre supe que estaba vivo/ ¿de qué me sirvió este conocimiento?”, nos dice en “La vida fugitiva”, el poema liminar del libro, y donde la variedad de sus registros marca a su vez estados de ánimo, pero siempre dentro de semejante culpabilidad, como cuando el poeta escribe en “Un niño me llama”: “Las estrellas me hacen guiños/ y un niño me llama,/ un niño castigado por querer ser feliz”, la misma presencia obsesiva de la muerte, como cuando el poeta escribe en “Sombras”: “Cuando miro mi muerte/ veo un solo foco,/ en busca del libro/ que contiene las instrucciones del viaje”, las mismas imágenes recurrentes de “jardín desierto”, “noche solitaria”, “acecho de la eternidad”, “estaciones vacías”, “llanura limitada por un abismo”, o confesión de “misantropía”, que tanto guardan de la querencia romántica hacia nuestra literatura del XIX: la exaltación de los sentimientos se constituye en el eje de todo el discurso poético; el paisaje se muestra, se exhibe y se maneja como fruto de un estado emocional.

Aquellos aparentes desdén y desapego rastreables desde sus libros anteriores están también aquí, en sus palabras, y, en el fondo, José Elgarresta en Escritos de la zona oscura sigue siendo aquel Francisco de Quevedo y Villegas: cojitranco, giboso, con ojos cansados bajo las lentes de sus muchas dioptrías, que se siente un hombre más bien feo en esta vida bella; pero poeta, el poeta José Elgarresta, que, a los sesenta y cinco años, ya lo ven, escribe libros de poesía.

Manuel Lacarta





Inevitable Poesía

23 11 2009

  

Inevitable voz, de Milagros Salvador. Ed. Vitruvio

 

 

En el lienzo de la poesía pueden plasmarse una gran variedad de estilos y, lo más importante, estos pueden interpretarse con toda una extensa gama de colores y tonalidades para agradar al lector más exigente.

Es Milagros Salvador una poeta de estilo definido, pausado, con conceptos tremendamente cultivados y de formas limpias y correctas. Pero lo más interesante está en su texto: en esa paleta de colores con los que perfila y ahonda en las ideas de cada poema.

Inevitable voz, como el título del libro y del primer poema, es la voz de la poesía, la voz de una autora que mima los conceptos y los sentimientos canalizándolos de una manera magistral. Es un libro tan sencillo y, a la vez, tan trabajado, que lo aconsejable es degustarlo poco a poco para conseguir captar todas las sensaciones que quiere transmitir.  Como bien escribe Joaquín Benito de Lucas en el prólogo: ../..“poetiza ../.. temas del pensamiento clásico como la literatura, el saber, y los diferentes asuntos que ofrece el mundo griego”../..

Milagros Salvador nos traslada, atemporalmente, los temas cotidianos que inspiran la poesía. Viste la esencia de su creación con ropajes antiguos, porque envolviéndonos en el mundo de la antigua Grecia consigue mantener en vilo filosofía y poesía (palabras que pueden parecer muy distintas pero que forman un barbecho latente para la creación) en un estado de equilibrio y mesura que puede aparentar facilidad, pero en el que ha aplicado gran laboriosidad en el fin de cada poema.

No es casual la cita de María Zambrano con la que prefacia el libro:

“La poesía es la conciencia más fiel de las contradicciones humanas porque es el martirio de la lucidez, y la poesía, al sufrir el martirio de la lucidez, se aproxima a la razón”.

Esta cita es un axioma incuestionable para nuestra autora ya que Inevitable voz tiene un importante trasfondo filosófico. Recordemos que para María Zambrano la filosofía comienza por lo divino, con la explicación de las cosas cotidianas con los dioses. Milagros Salvador, al igual que María Zambrano, encara esta obra con dos actitudes: la actitud filosófica (que se crea cuando el hombre se pregunta algo) y la actitud poética (que es la respuesta y la observación). La razón poética tiene, pues, una relación entre filosofía y poesía. Si consideramos que la cuna de la filosofía fue Grecia podremos comprender porqué ha elegido Milagros Salvador encuadrar estos poemas bajo esa perspectiva y hacernos ser partícipes de una época esplendorosa.

En sus versos vivifica personajes como Zeus, Parménides, Sócrates, Hypatia, Platón, Atenea, Mimnermo, Safo, Antígona, Edipo…y todo gira en torno a cuestiones trascendentales sobre la vida, la muerte, el devenir, el tiempo, la razón o las ideas.

Dividido en dos partes (La lucidez del asombro y La pasión del enigma) comienza Inevitable voz con un poema solitario que, precisamente, da título al libro y que nos sirve de resumen y antesala del resto de la obra. Un poema con repeticiones diseminadas que dan fuerza a los versos y ahondan en el tema principal: ../..”voz que llegas / con acento de música a mi oído, / inevitablemente llegas, / como llega la lluvia que reposa ../.. y llegas, / en idilio perfecto, desde el fondo del alma, ../.. y llegas / con el fervor que adorna a las madres ausentes, / inevitablemente llegas, “../..

Y entramos, nunca mejor dicho, en la primera parte: La lucidez del asombro. Como una pieza musical, Milagros Salvador nos arrastra in crescendo desde el génesis al fin. Abre la puerta a todos los conceptos clásicos y si en el primer poema nos habla del Mediterráneo (../.. Mediterráneo, tú, que nos descubres / la luz que nos habita,” ../..)  pasaremos de estancias, en los sucesivos poemas, para ver la “Nave blanca que emerges / de la turquesa piel de vientos legendarios,”../.. que arriba a ../..”la epopeya a la que pertenezco”./.. para deleitarnos con los dioses, los mitos y los hombres (../..”porque los dioses no supieron / llenar este vacío de enfrentarnos al mundo, “../..), para seguir hablando de nuestro espíritu (“Del soplo de los dioses o del viento, / invisible semilla “,,/,,) o de nuestro destino (“../..Moira que desafías  /  la razón y la fuerza../..). Todo, repito, bajo la presencia permanente de la Grecia clásica y sus símbolos (../.. Grecia, bajo tu ropa blanca / se esconden los renglones / con palabras de siempre,” ../..) y reiterándose en la actitud filosófica acerca de la razón (Razón, en ti buscamos / el invisible eje de la naturaleza,”../..) la evolución (según Anaximandro, precursor de la actual teoría evolucionista), la idea (../..Nuestros sentidos llegan / a contemplar el universo / a través de su piel,”../..), el estoicismo (Estoicos, / serenidad que une la aceptación de las mitades”../..) o la impiedad (“Fue la impiedad la acusación / lanzada contra el alma de los otros “../..)

En La pasión del enigma, segunda parte del libro (y título significativo si nos ceñimos al significado de pasión como acción de padecer) seguimos inmersos en el mundo clásico pero desde una perspectiva más Heraclitiana (el famoso Panta rei) ciñéndonos a la tragedia de la vida, al tiempo que pasa (con la ingratitud de la pérdida de juventud), al devenir del todo.

Mimnermo y Safo nos acercan al descubrimiento de la lírica, Antígona y Edipo a la pasión de la tragedia, el propio Heráclito se vislumbra en ../..”el río, / y dejamos en las aguas la pregunta.”../..

También en esta parte nos habla Milagros Salvador del equilibrio (../..”la búsqueda del ser que nos espera / en el camino medio, la virtud,/../..), de los dioses apartados del cristianismo que ../..”con látigo de sangre les cubrió de ceniza, / y con ellos murieron las metáforas,”../.., del alma (“El alma es nuestra piel, / el límite del cuerpo, la verdadera herencia”../..), de la belleza, de la muerte (una muerte bella y sugerente, por cierto), de la soledad.

Dejo aparte, como composición favorita y personal, El color de los días, un poema elegíaco, hondo y grave, con un poso de añoranza altiva y experiencia sabia.

En mi opinión, creo que ha compuesto Milagros Salvador un mosaico titánico donde, pedazo a pedazo, no deja resquicio a la improvisación: ha sido una lucha tremenda y trabajada. Afortunadamente, nuestra autora ha vencido en esta lucha creadora y su victoria ha sido aplastante y contundente: Inevitable voz, su inevitable poesía, ya es un Campeón en el Olimpo.

 José Luis Nieto Aranda





Las “Maneras de volver” de Rafael Soler

30 04 2009

 

 

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Hablando con Rafael acerca de la presentación de su libro y ante mi pregunta sobre el motivo de querer volver al planeta literario, él, un novelista conocido y reconocido, después de veinte años de ausencia, con un poemario, me respondió que lo hacía “para poner las cosas en su sitio” y agregó que, aún habiendo publicado un solo libro de poemas hasta el día de hoy, él se consideraba fundamentalmente poeta, aseveración paradójica que no lo es tanto si se piensa que los géneros literarios son ramas de un mismo árbol, cuyo tronco es el propio autor. ¿Y qué es Rafael Soler Medem? Un cronista de la ajenidad.

No vamos a repasar aquí su obra narrativa, pero no creo equivocarme si digo que toda ella está empapada de esa sensación sutil de pérdida de algo que nunca llegó a pertenecernos, porque realmente quisimos otra cosa, la cual nunca llegamos tampoco a definir y eso es la vida: un fluido impalpable y maravilloso que escapa entre nuestros dedos y las historias narradas sobre ella son imágenes de una película, la que necesita el director para dar un soporte de carne y sangre a sus ideas y a sus sueños, pero esas ideas y esos sueños son la poesía y por ello Rafael se considera esencialmente poeta.

En consonancia con todo ello y según propia confesión, Rafael es un hombre “muy desconcertado, muy sorprendido por lo que ocurre alrededor”. ¿No es acaso la capacidad de asombro un requisito esencial del poeta? Vemos así cómo se van aclarando las razones que explican su postura.

Pero no sólo cuanto ve le produce asombro, también opina que la literatura es soledad y la poesía un deslumbramiento que él sólo puede plasmar “cuando me encuentro en ese estado interior que la impulsa”. Ahora comprendemos que, dada su visión del mundo y su necesidad de contemplarlo desde la distancia que él mismo se impone, su retiro no fue ilógico, sino una consecuencia necesaria de sus planteamientos vitales, los cuales también suponían el regreso, tras un lento proceso de maduración, cuyo fruto ha sido “Maneras de volver”, un título que por si mismo lo dice todo. Capacidad de asombro, desconcierto ante la propia existencia y la necesidad de compartir ambos con el lector son los motores de este libro, como, me atrevería a afirmar, de toda gran obra literaria.

Sobre este telón de fondo podemos ahora examinar con más detalle la obra que aquí nos ocupa. “Maneras de volver” está estructurado en tres capítulos: el primero de ellos, “Amor kebap”, trata del amor, ese amor comparable al humo del cigarrillo que uno está fumando cuando aparece la mujer deseada y que, al extinguirse como la propia relación, deja el corazón perplejo, un amor abierto al infinito, pero con fecha de caducidad. “Vivir es un asunto personal” es una descripción y un intento de apresar esa vida que debiera ser nuestra, puesto que en torno nuestro acontece, pero se resiste a cualquier interiorización y huye de nosotros, dejándonos en la soledad del punto de partida. “La casa helada” es final de trayecto, la búsqueda de ese hogar último que a lo largo del libro se aleja del autor, como el agua de los labios del condenado en algún remoto infierno. Vemos, pues, que “Maneras de volver” es la narración de un viaje. El viaje de alguien que recorre su mundo interior con el fervor del marinero que desearía echar raíces en cada puerto, pero el mar lo llama ¿y quién puede conocer el mar?

Iniciando nuestra particular navegación por el libro y como confirmación de lo anteriormente expuesto, recalamos en el “Antidiario”, donde el autor sufre un desdoblamiento de personalidad, de tal forma que, tras enumerar las actividades y pensamientos de una cotidianeidad que no siente como suya, constata que su yo – ¿real? ¿soñado? Pero ¿qué importa si para él es el auténtico? – está “atado por siempre a tu ventana”. A una ventana que surge y desaparece con cada experiencia amorosa, pero en la cual ha quedado impresa su verdadera imagen y no la que el matutino espejo le devuelve. Y durante un instante crucial ambos yo se contemplan, antes de regresar a sus mundos paralelos en la trampa del tiempo.

Provisionalidad y permanencia mantienen, pues, una curiosa relación antagónica y sin embargo complementaria, que transcurre al margen de la voluntad del poeta, pero le conduce a un estado donde lo transitorio se ha convertido en definitivo y el pasado se ha instalado en el futuro.

 

“Quizá se llame Lola tiene un lunar una bufanda

 y no volverás a verla nunca”.

“Yo estaba en mi camino sentado con la tarde

 y tú pasaste”.

 

Pero finalmente:

 

“cuando entiendas que la vida que te falta

            es entera la vida que me has dado”.

 

Parece que los dos yo se encuentran tras una lenta maduración, que tiene siempre lugar fuera del alcance del autor y el resultado se asemeja al final de una película donde, tras un plano general que ahora sí muestra todo, aparece el rostro del poeta que contempla, ensimismado y perplejo, su propia vida y a la mujer que había estado demasiado cerca para que su presencia resultara visible en ese espectáculo de sombras y destellos fugaces, durante el cual el amor esculpe a nuestra espalda la estatua, que perdurará, de nuestro ser en el otro. El poeta no es Dios, pero sí puede, en el instante del poema, anular el espacio y el tiempo.

Continuando nuestra singladura y puesto que nos hemos referido a la perplejidad del poeta, ¿cabe mayor zozobra que la contenida en estos versos, dirigidos por el autor nada menos que al Todopoderoso?

 

“Ese el que sabe líbreme.

 Ese el que ignora cuídeme…

 de tipos como yo

 en un mundo de certezas viviendo con su Duda”.

 

La ajenidad del poeta parece elevarse aquí a un plano metafísico, extendiéndose a un Dios que se desentiende de su obra, un mundo de certezas absurdas donde mora el autor, un laberinto de infinitos espejos, que devuelven la pregunta sin el menor indicio de respuesta.

Así, no es extraño que el poeta ironice sobre sus años mozos y su conclusión inevitable:

 

“Yo escribía entonces versos falsos y rotundos…

 y (era) una paloma mi única vecina

            después llegaron otras…

            vestían de gris eran adultas y pronto me ofrecieron

            un empleo estable y una deuda letal con avalista”.

 

Lo que debiera ser ilusión se torna desencanto y esto mismo acontece en todos sus intentos de establecer una relación profunda con otras personas (amigos, mujeres…) o de valorar positivamente cuanto le sucede; todo lo cual queda fielmente reflejado en el último poema del segundo capítulo, donde, con el adecuado título de “Inventario”, recoge el autor sus experiencias vitales, cerrando la enumeración de las mismas con un resumen desesperanzado y lacónico: “asma…una deuda joven…un amigo antiguo…varias gafas de sol…una promesa…un buzón…un homenaje…un divorcio…odio al alcohol…dos plumas…y un día más para seguir conmigo”.

Pero no es inmune el autor a la necesidad de afecto, ni el viajero a la de retornar al hogar al fin de su periplo y por ello dice:

 

“día menor y sin ventura te escucho deambular

            entre las cosas que amé y nunca fueron mías…

            (veo) ese extraño afán que siempre me entretuvo

            entre un hilo y el siguiente descuidando la vida…

            y ahora quisiera enderezarme

            tener la frase justa entre los dientes…”

 

Esa frase justa, ese momento de plenitud que da razón de la existencia, el hogar soñado… ¿Está aún a su alcance? Difícilmente, pues, poco más adelante, ironizando, pide:

 

“que el último en morir no se quede por favor entre nosotros…

            que se vaya pobrecillo con los suyos…

            hasta la resurrección dicen de la carne

            el perdón quizá de los pecados y la vida eterna en todo caso”.

 

La frase justa se la llevan los muertos entre sus labios cerrados y eso es todo. ¿Todo? No, pues en el último poema del libro, en una imprecación final al Todopoderoso, el poeta escribe:

 

“resucítame

 y por un instante en vilo nada cambiaré de lo vivido”.

 

¡He aquí la frase! Pues si cuanto le ha sucedido al autor está fuera de su voluntad, no lo está la asunción de sus consecuencias y esa asunción convierte de una sutil manera lo ajeno en propio, de ahí el título del libro. Hay muchas maneras de volver, pero sólo una que garantice la perdurabilidad del poeta por encima de los impredecibles aconteceres que conforman su vida y ésa es precisamente la elegida por Rafael: el hombre no es respuesta, sino pregunta y no cualquier pregunta, sino la que cada uno de nosotros siente que le quema las entrañas. Cuál sea la respuesta es hasta cierto punto indiferente, pero no lo es el no tirar la toalla, el asumir los frutos del azar existencial como propios, el transmitir al lector la narración de este árido, pero maravilloso viaje interior a lo más profundo de la noche.

Porque sin viajero no hay viaje y porque la noche no es la tumba, sino la morada del hombre.

 

José Elgarresta