Tríptico del día después, de Raúl Nieto de la Torre

19 11 2008

Tríptico del día después

de Raúl Nieto de la Torre. Premio Fundación Siglo Futuro. Ed. Vitruvio

 

 

Tal vez podría decirse que poesía es lo que queda cuando todo lo demás se ha ido, si no fuera porque eso es la existencia humana cuando el hombre se encierra en si mismo y se cuestiona e intenta encontrarse en el recuerdo, pero ese recuerdo lo sumerge en el vacío y vuelta a empezar.

La poesía es, pues, la sustancia misma de lo humano, el intento continuo de crear algo a partir de la nada, una ansiedad perpetuamente insatisfecha que ha dado origen al mito de Sísifo y, en el caso de Raúl, a la constatación de que “el acto de crear y el acto de destruir eran la misma cosa, solo que en puntos diferentes de un tiempo repetido”. Y esto es así porque lo que intentamos descubrir es nuestro propio yo, el cual, una vez desvelado, no nos satisface, porque el verdadero yo siempre está en otra parte, en un lugar desconocido, lo que hace exclamar al poeta: “No sé de dónde somos… No sé qué mar nos trajo aquí”.

El mar de la eternidad nos depositó en la playa del instante, como despojos de un naufragio que el poeta intenta reconstruir en su cabeza y se rebela contra su papel de mero testigo de un suceso del que fue protagonista, sí, pero del cual sólo le queda esa extraña sensación de haber estado íntimamente con una mujer que en verdad resulta ser una perfecta desconocida. “Ella, que ocupa tus vestidos en las fiestas y se pinta la boca con tu pintalabios”. Y, a la luz de esta necesidad profunda de verdad y de significado, el mundo todo se convierte en una fiesta de disfraces, que recuerda la medieval danza de la muerte y obliga a Raúl a confesar amargamente: “Aún no sé qué queda entre mis labios de todo aquello: una sombra de luz entre las ruinas”. Una sombra de luz: la poesía…

Y ante esta experiencia indescriptible la vida entera se disuelve, quedando convertida en algo externo, “mujeres, trenes, borracheras, un hijo y varias cicatrices”, que se contemplan “con un extraño orgullo, exento de resignación”. En definitiva, una prueba más de que el poeta es un ser escindido, o más bien desdoblado, una de cuyas personalidades está aquí con nosotros esta noche, mientras la otra, la que escribió estos poemas, vaga en su mar misterioso, desde donde, con la honda perplejidad de la existencia, nos dice, o se dice a si mismo: “No sé si huí, o dejé que la tierra se alejara”.

Siempre me ha parecido que el paraíso perdido es la auténtica residencia del poeta en cuanto máxima expresión del intento del ser humano por encontrar un sentido a si mismo y a cuanto lo rodea. A este respecto, ahora que filosofía, matemáticas, física, biología… comienzan a confluir en la ansiada teoría del todo, que presuntamente nos proporcionaría una explicación del universo, es procedente mencionar las palabras de John D. Barrow, catedrático de matemática aplicada y física teórica de la Universidad de Cambridge: “Ningún relato no poético de la realidad puede ser completo”. Y esto es así porque la poesía es un toque de atención que pone de relieve nuestras limitaciones frente al conocimiento absoluto y simultáneamente subraya nuestra negación de tales limitaciones, contradicción que constituye la más absurda y sublime característica del ser humano y lo que lo diferencia de cualquier otro ser vivo sobre la tierra. Poesía es algo que nos conmueve, como conmovería al funámbulo la visión del abismo que se extiende a sus pies, y al tiempo nos hace interrogarnos acerca de nuestra propia situación sobre el alambre. Cuando el poeta describe el temblor de una hoja, no piensa en la hoja que ve, sino en la verdadera hoja que, como diría Platón, lo acompaña en el reino de las cosas eternas, máxima aspiración del hombre y lo que, en definitiva, otorga permanencia a cualquiera de sus obras.

Este género de autenticidad subyace en este libro y convierte a “Trìptico del día después” en un mojón del camino que todos hemos de recorrer hasta ese paraíso del cual fuimos expulsados, no sabemos cómo ni porqué, pero que sin duda nos espera y aunque no fuera así ¿acaso no es el hombre más que un puro intento de transcender su realidad aparente? La obra describe escenas cotidianas y las dota de un aroma intemporal que con toda seguridad hará reflexionar a los lectores cuando, a su vez, se topen con ellas: “La próxima vez, piensa antes de amar. Cuenta hasta diez”; “Los cuerpos de mujer que conocí una noche me llevaban extrañamente a ti. Intento comprender de qué manera”….¿Qué más se puede pedir?

No hay que deshojar la rosa, sino aspirar su aroma. Las palabras en si mismas no son lo importante, sino el silencio del que brotan y que contra toda lógica las mantiene enhiestas, como banderas inverosímiles en el nebuloso mar de la existencia humana.

 

José Elgarresta

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