El día que me enamoré de mi BMW, de Raúl Quirós Molina

20 11 2008

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El día que me enamoré de mi BMW, de Raúl Quirós Molina

Ediciones Vitruvio

 

 

 

            La primera vez que conocí a Raúl me pareció una persona tímida, introspectiva, con cierto deje intelectual y con un fondo cosmopolita, que puede haber adquirido en esos países que han sido cita de sus pasos. Poco más de cuatro o cinco encuentros –en esas presentaciones tan de amigos que organiza Vitruvio- no sirvieron para aclarar, ni siquiera un poco, mi opinión respecto a la persona o al poeta: sólo la noche que nos vimos en la presentación de la antología de Caballero Bonald, me confesó el título de su libro y me confirmó que estaba en puertas de editarse.

            Así que cuando Pablo Méndez me entregó un ejemplar para preparar esta presentación, sólo conocía un título, una cara, cuatro conversaciones y muchas incógnitas. Pero cuando comencé a leerlo, hubo dos detalles que me llamaron la atención y que, posteriormente, fueron significativos para entender su poesía.

            El primero fue el título: El día que me enamoré de mi BMW. Fue cuando no pude por menos que sonreír, interiormente, con la frase de marras: como buen usuario habitual de BMW (en su versión de dos ruedas) entendía que alguien llegara a amar a tal cacharro y eso que, obviamente, nada tiene que ver esa percepción mía con la intención del título de la obra.

            El segundo detalle fue la cita inicial de Paul Celan. No porque yo interpretase o comprendiese esos versos (a estas alturas de mi vida cualquier frase o verso en alemán me parece un jeroglífico más complicado que el testamento de Nefertiti) si no porque dicha cita tenía un significado más profundo, más allá del fragmento en sí, que comprendí en la lectura del primer poema (Luz de agosto en el altar del Monte Moriah) el cual es toda una declaración de intenciones.

            Porque no cabe duda que Celan es el tronco del existencialismo que emana de la obra de Raúl Quirós. Un tronco enraizado en Heráclito y Hölderlin tanto en síntesis como en situaciones (como cuando el primero nos contaba aquellas ideas acerca de la unión de los contrarios que luego desarrolló el segundo en su concepto de dialéctica).

            Como Celan, Raúl Quirós nos expresa el sentimiento existencial de lo absurdo de la vida moderna y la imposibilidad de comunicación. Acepta, como Ingeborg Bachmann la idea de que no se construye un mundo nuevo sin un lenguaje nuevo. Adopta, como José Ángel Valente, la obsesión con el problema de la inefabilidad, del vacío y de la nada.

            Esos poemas de rutina, de ostracismo, de desengaño, son el fiel reflejo de una recepción fría de la vida y el devenir (léase, por ejemplo, el poema El cuento de la lechera), del frío de lo fatal, de lo consensuado, de lo predefinido, de la lenta agonía del día a día. Estos poemas buscan revelar lo que rodea al hombre en ese medio tan material y abstracto para que este tenga una comprensión propia y pueda dar sentido o encontrar una justificación a su existencia. Y surgen con un lenguaje moderno, muy irónico a veces, y con un toque salpimentonado de pesimismo que horrorizaría al mejor chef de las estrellas Michelín.

El autor es él mismo y su circunstancia, como dijo Ortega y Gassett. Y en esa circunstancia enlaza y troquela realidades e irrealidades, certezas y posibilidades, antítesis y síntesis. Y si existe esta circunstancia existencial: ¿por qué reírse de Merleau Ponty, si su único “defecto” (encomillado) fue ser heideggeriano?; ¿porqué mencionar a Django Reinhart, cuando su mayor logro fue convertirse en un virtuoso de la guitarra, únicamente con los dedos índice y medio de su mano izquierda?

¿Por qué? Porque todo vale en esta exposición existencial que muestra El día que me enamoré de mi BMW: vale el odio a la rutina (pág. 21: otro día más / al trabajo de siempre), vale la negación del futuro predispuesto y la aceptación del futuro propuesto (pág. 31: Que al final del camino / no hay nada..”), vale loar a algo tan absurdo e intrascendente como una hamburguesa con un fin crítico (pág. 38: ..comida basura eres para un mundo basura..), vale sentir pena por un actual tirano abocado al escarnio de los medios que nos alienan -alienación producida por esas fuerzas invasivas del espectáculo, que denominó Guy Debord y citado en el poema- (pág. 40. ..te ahorcamos nosotros / y tú te mueres..), vale la soledad del viajero solitario en las crudas habitaciones de las ciudades desconocidas (pág. 47: Una habitación es triste porque es necesaria), vale el amor, silencioso y de lujuria, dirigido a la desconocida del aeropuerto (pág.48: Desde Ámsterdam y desde Barcelona / habría deshojado eternamente / mi vida por besarte..), valen los mitos, aunque estos nuevos mitos lleven nombres de actrices porno como Riley Mason o Raven Riley y que nos hacen soñar desde la ventana de un ordenador (pág. 65: No hay mujer delante de mí / acaso una silueta eléctrica..), valen los exabruptos (pág.26: ese “cáncer que incuban los cojones”), vale el pánico al temido papel que espera nuestra escritura, valen los espacios en blanco y las letras vacilantes, vale el silencio, vale la poesía.

            Y eso, amigos, es para mí lo principal: la poesía. Y si en la primera parte del libro (Los días de la semana) nos montamos en una montaña rusa de fluctuaciones, en una práctica de barranquismo literario, de querer minar la senda de la cotidianeidad, de un reflejar esa existencia referida fuera de convencionalismos y tradiciones, en la segunda parte (Otros poemas) nos remansamos en la interioridad del creador, del extranjero, del observador paciente, del escritor del instante. Ambas partes forman un todo compacto que no deja sensación de indiferencia y que consigue que el lector proclive empatice rápidamente con el autor.

            ¡Bienvenido Raúl Quirós! Bienvenido a este gran escenario donde, cada uno a nuestra manera, plasmamos con nuestras letras el sentido de la vida que han visto nuestros ojos. Tú ya has delimitado tus pretensiones en tu poema Llegada, cuando dices:

 

            Algo

            trata

            de abrirse camino

            a través de esta piel.

 

 

José Luis Nieto Aranda

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