Una aventura del conocimiento

21 11 2008

EL AMOR INCONTABLE.qxd

El amor incontable, de María Elena Blanco

Ediciones Vitruvio

 

 

Más allá de las categorías artificiales en las que tradicionalmente ha querido dividirse y encerrarse a la poesía –al respecto resulta paradigmático el supuesto enfrentamiento que en las últimas décadas habrían protagonizado en España una lírica de la experiencia frente a otra de la esencia-; más allá de ese afán de jerarquías críticas cuyo último objetivo, al fin y al cabo, no es otro que el de servir a intereses de parte, la experiencia mantenida de la lectura, y también la de la escritura, no tarda en revelarnos que, si se trata efectivamente de admirar con mayor precisión el moderno árbol de la poesía, podríamos encontrarnos, a lo sumo, con dos grandes y frondosas ramas naciendo del mismo tronco: una sería la que refunda el mundo nombrándolo de nuevo con expresión serena, sencilla incluso, y a través de imágenes cuyo mérito estriba en renacer con la pujanza de lo secularmente cultivado y florecido; otra sería la que, voluntaria o inconscientemente, renuncia a proclamar un mundo ya dicho mas no desentrañado hasta sus últimas consecuencias, asumiéndose, pues, la necesidad del riesgo, de la aventura lingüística y estética, para tratar de conocerlo mejor. Indudablemente, a esa segunda estirpe de poemarios pertenece el interesantísimo libro, publicado por Ediciones Vitruvio, que presentamos aquí: El amor incontable, de la escritora cubana, además de profesora universitaria, investigadora, crítica y traductora, María Elena Blanco.

Tras una sólida y amplia carrera –iniciada propiamente en 1990– en el terreno de la poesía, María Elena Blanco alcanza con este Amor incontable una cota singular, intransferible, en tanto que ello nos revela el hallazgo de una voz no sólo propia sino muy caminada ya también, plenamente segura de su estética y profundamente enraizada en los postulados éticos que la sustentan, como veremos. De entrada, señalemos que la impresión formal que recibimos de una primera lectura de la obra –y digo “primera lectura” porque El amor incontable es uno de esos mágicos libros que se disfrutan más a cada relectura-; la primera impresión que nos invade es la de un vendaval aquietado por el conjuro del verso musical, sabiamente ritmado sin el auspicio de la métrica ni las reglas clásicas pero con la intuición del golpe de voz, de la prosodia de una lengua poética que, paulatina y ostensiblemente, se dota de una singularidad más allá de la lengua misma. Y he aquí, a mi juicio, la médula intencional de El amor incontable: el amor como indudable “sentimiento rey”, sancionado íntimamente por el corazón y externamente por la tradición; el amor, pues, postulado como un posible vehículo de comprensión del universo; el amor como experiencia fallida de intelección con el mundo desde una perspectiva usual del lenguaje, e incluso del lenguaje poético; el amor, en definitiva, asumido como “incontable” porque así también lo es el universo que nace necesariamente de él, y al que únicamente cabe acercarse, albergando así al menos ciertas esperanzas de comprender y ser comprendidos, por medio de una nueva y propia experiencia lingüística y artística. Por medio de una apasionada y apasionante aventura del conocimiento, en suma.

Los primeros y últimos versos de una de las piezas más bellamente arrebatadoras del libro, la titulada “Poema de amor”, nos dan la pista definitiva para entender por dónde quiere llevarnos el sujeto poético en nuestra particular aventura como lectores: “contigo / protagonizar / mis versos más queridos”, comienza diciéndole al objeto amado, para acabar de esta manera deliciosa: “vivir vicariamente en ti / las cien mejores poesías / de la lengua”. “Vivir vicariamente”: tal es la llave con la que autora y lectores habremos de intentar abrir las puertas del conocimiento del mundo. Y, dadas las limitaciones propias de la naturaleza humana, nuestro vicario, o si se prefiere nuestro auxiliar en tal empresa, será precisamente todo el bagaje idiomático e intelectual que acumulamos. “El poeta erige la medida / que abarca todas las miserias”, afirma María Elena Blanco, mas a continuación añade: “y todos los idilios”. No se trata en absoluto, por tanto, de renunciar a vivir, sino de poner en práctica lo que el sujeto poético proclama con sencillez al final de otro de los poemas de la obra: “entretanto / soy compañera efímera / amo / callo / aprendo”. Amar, pues, para existir; callar para dejar de decir lo que no importa; aprender para conocer finalmente los misterios del fuego de la vida, eso tan antiguo robado por Prometeo “para ofrendarlo / a Gaia / y a sus huestes / de humanos / -de los que hasta hoy / muy pocos / sabemos / qué hacer / con él”, como en otro momento señala la autora con ingenio notable. Quizá esa voluntad de aprendizaje de lo ígneo propicia la latente fuerza erótica de este poemario, cuajada a veces en piezas que se cuentan entre sus más logrados frutos, como los poemas “Lecho” –cierre de la primera parte de la obra, “Cámara lúcida”-, el citado “Poema de amor” o el prodigioso “Perlas de sueño”, donde la presente aventura del conocimiento alcanza, en su verso final, el suave clímax de la revelación, de la epifanía, de la verdad poética: “La noche sabe dar lo que negó la vida”. “Vivir vicariamente” en El amor incontable es, por tanto, sumergirse en la existencia de la mano de la experiencia activa del lenguaje, de los juegos de palabras     –los contenidos en los poemas “Piscina” o “Motel” resultan inefables–, de las metáforas al rojo vivo y las imágenes en salto mortal: “Muestra el cantón diestro, baja el puente / y franquea el foso de tu torre enclavada. / El mar ya un sol de sable y rosa: / vuela y alcánzalos”, leemos en la penúltima estrofa del poema titulado “Parábola del pez con sol poniente”. Y a la experiencia activa con el idioma se suma, por supuesto, ese bagaje cultural, amplísimo en el caso de la autora, que se arriesga incluso con el difícil ejercicio de la intertextualidad en la primera parte del poema “El plato quebrado”, poniendo siempre al hecho poético en estrecha convivencia con la música –en sus vertientes popular y culta, y al respecto destaca la muy hermosa serie basada en el ciclo de “La bella molinera” de Franz Schubert-, con el cine –subrayemos las importantes referencias a Antonioni-, con la propia literatura y la mitología –Nausicáa, Casandra y las sirenas llegan a compartir versos con la Susana San Juan del Pedro Páramo de Juan Rulfo en el poema “Mar Tirreno”, y en otro posterior Fílida abandona su mundo bucólico para devenir moderna mujer fatal-;en estrecha convivencia también con la historia y, cómo no, con la geografía. Porque si hay otro rasgo definitorio, característico en El amor incontable, ése es el de los diferentes marcos que acogen dicho sentimiento amoroso y sus consecuencias: la misma vida, por lo tanto. Aquí los escenarios predominantemente franceses, pero también austríacos, italianos o españoles, e incluso africanos, no suponen una mera ornamentación, sino las coordenadas precisas, los signos espaciales necesarios para dotar de realidad sensorial a lo vivido, siempre al borde de lo inasible en esta continua prueba de valor, en este perpetuo lance de tratar de explicar el mundo a través de la palabra, cuando, como bien señala la autora en el poema dedicado a Valerio, “La palabra era Dios. Mas Dios / no entraba entonces / en nuestro / pequeño / paraíso”.

¿Cabe postular, pues, un resultado inmediato, satisfactorio o no, para toda esta aventura del conocimiento? Curiosamente, algo al respecto logramos intuir gracias a los poemas añadidos por María Elena Blanco a El amor incontable; me refiero a la pequeña y acertadísima selección que de su primer poemario de 1990, Posesión por pérdida, podemos encontrar cerrando el presente volumen, y viniendo a completar con absoluta justePues si El amor incontable concluye estrictamente con una lógica, coherente ironía de corte intelectual en la figura de Virgilio a través de Hermann Broch (“La maldita circunstancia de mi muerte. / (La tuya, Virgilio, ya la cantó magistralmente Hermann Broch / y es inmortal.)”, el libro todo aspira en su cierre a la superación de la ironía por causa de lo inaprensible, de lo “incontable”, y ello merced al maravilloso poema “Swansong” (“Canto del cisne”). “Sólo cantábiles / mis mordidas palabras hacia el mar”, escribe la autora. “Cantábiles”, nada menos: he ahí la música otra vez. ¿Era, es, será siempre la música,  en fin, el supremo lenguaje por encima de las “mordidas palabras”, la suprema vía de conocimiento? ¿Voló, vuela, volará siempre el amor en las alas del canto, como soñara Mendelssohn, para dejar de ser un poco menos “incontable”, y así el mundo con él.

Antonio Daganzo

 

Anuncios

Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: