Un excelente primer libro

24 11 2008

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Ficciones de carretera, de Aurora Pintado

Ed. Vitruvio, 2008

 

 

La primera parte, Carreteras, nos ubica en un no lugar, en lo deshabitado pero transitado, en ese espacio extraño que es la carretera moderna, lugar de paso como la vida, lugar de viaje como también es la vida, un territorio donde uno sólo puede pararse saliendo fuera de él, como esos moteles de carretera, título previo del libro, y parte del primer verso, donde se puede refugiar la soledad pero también el amor.

Se invoca a ese dios de los moteles, dios menor (los dioses menores llegarán a ser hasta de poliéster) pero dios al fin y al cabo, para situar el testimonio no tanto en la carretera como en sus márgenes, sean estos una habitación o una cuneta apartada. La poeta busca la vida y el tacto, en un terreno en donde el sujeto poético se siente despoblado de demiurgos, y se atisba ya en esta primera parte una intuición del tiempo como preocupación, como el escarbar ontológico del poeta. Finaliza Carreteras de manera ballardiana con el parabrisas roto, el vaho sobre el espejo de los retrovisores, en el único poema que verdaderamente transcurre sobre la carretera, antítesis del principio y fin.

En esta primera parte podemos ver algunas de las constantes estilísticas de la poesía de Aurora. El lenguaje, siguiendo la larga línea establecida por William Wordsworth, es cotidiano, demótico, cercano. La ausencia de puntuación es el lenguaje del inconsciente, la búsqueda mágica de la polisemia. A medio camino entre el surrealismo y el zeugma, las comparaciones que abundan en el texto no buscan el desplazamiento completo del plano sintáctico pero sí un sano deslizamiento que otorga al verso una deliciosa oscuridad: “llevas de la mano / un mapa de carreteras / como quien arrastra una virgen vestal contra el viento.”

La segunda parte, Márgenes, ahonda en la técnica anterior y en las preocupaciones del sujeto poético. El lenguaje se hace más reflexivo e interno, y a la vez más femenino. Temáticamente el pensamiento aborda el problema del tiempo y lo hace a veces con cierta melancolía, a veces con ironía, y otras acercándose al existencialismo y la descreencia. El léxico adopta semánticas de la publicidad en ocasiones, no sin cierto sarcasmo (“la intensidad del brillo de su pelo”). A veces se cuela el horror, pero se hace de una manera sutil como cuando se nos dice que el padre se ha ido para no regresar en mitad de una estrofa. Márgenes termina con una hipótesis de un mundo perfecto en el que se anularía el desconocimiento del tú con el yo, y en donde de nuevo cobra protagonismo el tacto como una de las claves perpendiculares al poemario. Técnicamente el verso sigue sin puntuación. Destaca el cómo, a modo de anáfora oculta, la poeta utiliza sólo infinitivos en el poema segundo, futuro simple en el tercero o subjuntivos en buena parte del quinto.

Desprendimientos es el nombre de la tercera parte del poemario, y nos recuerda en su nombre al título de su primer libro: Desprendimientos de retina. A nivel formal subrayaría la organización en cuartetos de cada uno de los veintisiete poemas. Es significativo como Aurora abandona casi por completo la narratividad y el lenguaje se hace lírico. Tanto en lo técnico como en lo temático, salvo por la disposición estrófica, Desprendimientos no presenta grandes variaciones respecto a las partes anteriores. Hay ironías en el lenguaje publicitario (“verdades de temporada”), expresionismo (“tijeras clavadas en la piel”), obsesión temporal (“sólo el tiempo es irreducible”), crítica a la costumbre, y lo que he bautizado como surrealismo dislocado (“un apunte de beso en dos direcciones / como dos rosas secas / que se vuelven el rostro / y se muerden las manos”), entendiendo por dislocado esa torcedura en el plano semántico que no llega a ser una fractura.

Finalmente, la última parte, Mapas, es una colección de poemas en prosa. La variedad temática es amplia (el deseo, la costumbre, el amor en su encuentro y desencuentro, el cansancio de la vida de oficina, la poesía…). Algunos de los poemas son puramente narrativos y otros más líricos, especialmente aquellos, para mí los más brillantes, en los que la poeta juega con la ironía y el surrealismo a través de una imaginería rica y original. Quizá sea esta parte también aquella en la que la poeta utiliza en mayor medida otra de sus señales estilísticas: el uso de marcas propias (BMW, Andalucía Express, Coca cola Light, Gucci, Real Madrid, ipod), que junto con la expresión coloquial y el tono voluntariamente deshinchado, frente a una escritura de cuello alzado, convierten en cierta manera a la autora en una heredera involuntaria de la escuela de Robert Lowell, años 50, Estados Unidos.

Curiosamente, la poeta me explicó que el título de ficciones partía de la premisa de unos relatos situados fuera del yo. Se trataría de un nuevo intento de retorno al impersonalismo de Eliot, la antítesis de Lowell, a la lucha del poeta, quimérica, por salirse de sí mismo en el exorcismo de la escritura. Quizá sea la parte final, Mapas, donde la poeta sí traza con mayor claridad esa conjura de la identidad, que se vuelca en lo figurativo y episódico, pero que encuentra sus mejores momentos cuando Aurora corta el hilo narrativo con sus propios dientes.

En resumen, poesía disyuntiva, oscilante entre el abatimiento existencial y la vitalidad, moderna en su planteamiento formal, actual en su búsqueda de referencias temporales, poesía radial, híbrida, con una textura narrativa en la que aparecen magníficos recodos líricos, poesía transemántica en la que se puede hablar de una estética del fondo, de la palabra como significando significante, Ficciones de Carretera nos presenta a una autora con un enorme talento, leída, porque la poeta sabe que para conocer lo que nos espera en la carretera que surge delante nuestra sólo hay que preguntar a los que vuelven, con voz propia, y, sin lugar a dudas, ofreciendo uno de los libros de poetas jóvenes más interesantes que he leído en mucho tiempo. Un libro que invita a arrancar el asfalto aunque sea con las uñas, a descubrir los adoquines que se ocultan debajos, a arrojarlos a todos aquellos que no quieren que paremos, y a descubrir, finalmente, la tierra sobre la que se asientan los caminos. Gritar, como hace un personaje de su querido Jorge Enrique Adoum: “la carretera no está asfaltada todavía.”

Dice Aurora en su poema final que “quizá la poesía no sea más que una maldita variante del pensamiento mágico que parte de la idiotez de que las cosas se curan al escribirlas”. Sagrada idiotez. Y bendita poeta.

 

 

Julio Mas Alcaraz

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