Escrito en tierra

28 11 2008

 

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Escrito en tierra, de Francisco Mena Cantero

Ediciones Vitruvio 

 

 

Nace Francisco Mena Cantero en Ciudad Real en 1934. Es licenciado en Pedagogía y en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid. Ha sido profesor de instituto y de la Escuela de Magisterio.

Desde 1971 reside en Sevilla, donde fundó, junto a otros poetas sevillanos, la desaparecida revista Cal. Ha compartido muchos años la dirección de Ángaro con Manuel Fernández Calvo, fallecido en agosto de 2007, y sigue haciéndolo con los también poetas Víctor Jiménez y Enrique Barrero.

En 1980 creó el ya desaparecido premio “Tabladilla” de poesía.

Ha publicado más de veinte libros de poesía, entre los que cabe destacar Esta ausencia total (Premio Ricardo Molina, Córdoba, 1975); Mar de altura (Premio Ciudad de Zamora, 1976, col. Aldebarán, Sevilla, 1978); Diario de una bruja (Premio Francisco de Quevedo del Ayuntamiento de Madrid, 1979); Las cosas perdonadas (Col. Adonais, Madrid, 1983); La zarza ardiendo (Palencia, 1985), La espera (Premio Zenobia 1988, col. Rabindranath Tagore, Madrid, 1989); Amanecer de Claudia (col. Ángaro,  núm. 120, Sevilla, 1997), La fe que nos lleva (Madrid, Fundación Fernando Rielo, 2002), etc. Los últimos: una Antología poética (Ateneo de Sevilla, 2005), El pájaro y su vuelo, Córdoba, Cajasur, 2008, y Escrito en tierra, editado por Ediciones Vitrubio en la colección Baños del Carmen, núm. 166, Madrid, 2008, que ahora presentamos.

Ha obtenido prestigiosos premios de poesía como los premios Ricardo Molina, Ciudad de Zamora, Francisco de Quevedo, Juan Alcaide, Rodrigo de Cota, Fernando Rielo de poesía mística, Ciudad de Alcalá de Henares, etc. En 1996 fue nombrado “Caballero andante” por la Asociación cultural “Quijote 2000” de Ciudad Real y en 2003 Hijo Adoptivo de  Fontiveros, cuna de San Juan de la Cruz.

 Figura en varias antologías, así como en la Gran Enciclopedia de Andalucía y en diversos estudios sobre la poesía manchega y sevillana.

Como prosista ha publicado obras para niños como Las cuevas del Alcázar (Madrid, 1988)  y El niño que sólo sabía jugar, y ha obtenido premios como “Hucha de Plata” de cuentos (1986). También cultiva el artículo periodístico, en medios como ABC de Sevilla y Lanza de Ciudad Real, e incluso ha entrado en el terreno de la biografía, con una sobre el folclorista Mazantini.

Ya en nuestro estudio sobre los grupos, revistas y colecciones de Sevilla, objeto de tesis doctoral y editado por la Universidad de Sevilla en 2002, aludíamos en numerosas ocasiones a la significación de Mena Cantero tanto como impulsor de causas literarias, entiéndase pertenencia a grupos como Ángaro y participación en colecciones como Aldebarán. Decíamos:

“Precisamente en 1972 Roberto Padrón propone a José L. Núñez y a Arcadio Ortega Muñoz fundar una colección aparte, “Aldebarán”, que estudiamos detenidamente en nuestro trabajo. Esto implica que los dos poetas citados abandonan Ángaro. Como conse­cuencia, se reestructura éste: en el número 29, de junio de 1972, correspon­diente a Aún no ha llegado ayer, de Francisco Mena Cantero, se lee tras el colofón: “Dirige: Manuel Fernández Calvo. Administra: Francisco Mena Cantero. En Secretaría: Inés Vizcaíno”. Desaparece el extenso grupo asesor, si bien continúa la relación de suscripto­res bibliófilos, cada vez más numerosa y de mayor prestigio”.

Asimismo comentábamos cómo Mena Cantero cierra Plural espejo con un poema de amor en el que éste nos salva de la desesperanza, como indica el final del poema:

 

                                             Mas mientras llega este derrumbe

                                             hay algo en el alero de la tarde:

                                             una paloma limpia,

                                                                          adolescente.

                                             -Nunca es viejo el amor

                                             aunque ande hoy por otra calle

                                             la esperanza-.

 

Después, con el tiempo, ha crecido nuestro respeto mutuo, mi admiración hacia su lbra y la amistad compatible con todo lo anterior. Y he reseñado para Papel Literario de Diario Málaga o para otros medios algún libro suyo, sobre todo los últimos. Así, Un hombre habla solo  (Edición:Alcalá-Poesía. Alcalá de Henares, Madrid, 1999),  libro de poemas galardonado con el Premio Ciudad de Alcalá de Henares 1988. Con ecos inmejorables -A. Machado, San Juan, J. Ramón Jiménez- este lírico, siempre atento al milagro cotidiano del vivir, no exento de perfil existencial, construye un libro muy personal sobre el tiempo, el hombre, Dios y los hombres, con un rigor formal incuestionable: “Me voy antes que el tiempo se me acabe, / antes de que en mi calle cante el ave / que me anuncia que todo se termina. / Antes de que me vaya o que me pierda / -siempre el recuerdo bulle aquí a la izquierda- / me encontraré conmigo en otra esquina” (p. 69).

“ESTE VINO ANTIGUO, ESTA MEMORIA PRESENTE”, titulábamos la reseña de Este vino antiguo (Fundación Valparaíso, Mojácar, Almería, 2001), premio “Paul Beckett” de poesía, avalado por un jurado compuesto, entre otros, por Valentín García Yebra, Carlos Murciano y Carlos Bousoño.

Creemos que esta obra se ensarta perfectamente en su poética particular. También aquí encontramos esa sencillez densa en pensamiento y sentimiento, un yo lírico humano y humanista, cordial y reflexivo (“El hombre es un deseo, / una cruel incertidumbre. / Bien / quisiera que la luz atravesara / su certísima muerte”, p. 39). El hombre y la muerte, el hombre y el tiempo, el recuerdo: éstos son los grandes temas de toda poesía, y también de la de Mena Cantero. Por eso éste elige una tradición ejemplar en este apartado: Jorge Manrique (“Ya no es hora de contemplar / la vida / que se va / por las hojas del calendario / río abajo / muerte abajo / como una torrentera / que nadie te detiene”, p. 15), Quevedo   (“Esto se cumple, como dijo Quevedo”, p. 45), A. Machado (“Todo pasa, / y lo nuestro también, pero sin pena / porque la ley se cumple / y ya nada es lo mismo. Estamos estorbando”, p. 46). Y en el tono elegíaco de expresión cercana coincide con algunos  poetas actuales, como Sánchez Rosillo, en versos como éstos: “Es el olvido / quien nos derrota. / Luego, somos apátridas / de nuestro propio recordar, / exiliados de la existencia, hijos / de la sombra y la noche. /  Mientras tanto, /  complácete en vivir, / echa a volar los pájaros de entonces, / regresa al tiempo que hoy detienes, contemplando / esta fotografía” (p. 30).

El poeta, el hombre -inseparables en Mena Cantero- se despide de la niñez, de la juventud, o la revive en el recuerdo y en el poema, se vuelve elegíaco, se recrea en una lírica de la memoria. Convoca en sus poemas un conjunto de imágenes y símbolos –sueño, sombras, fantasmas, mar, lluvia, vino- que le ayudan a expresar el inevitable fluir temporal manriqueño, el derrotado destino vital quevedesco, el soñado y recordado tiempo machadiano: “(…) sé / que sólo son fantasmas / a contramano de las sombras. / Ya no hay más realidad / que esta ausencia de hoy, / o este niño recorriendo aposentos / que ahora es hombre condenado al olvido” (p. 12).

Nada desentona en este libro, cuidado, sencillo y tan profundo. Mena Cantero, premiado tantas veces, merece aún más difusión por su dominio del verso clásico y libre y por su sensibilidad tan humana.

Y el ultimísimo libro publicado, a la vez que el que ahora presentamos, es El pájaro y su vuelo (Córdoba, Cajasur, 2008), publicado en la prestigiosa colección Los cuadernos de Sandua, dirigida por Antonio Rodríguez Jiménez. El pájaro y su vuelo es su nueva aportación tras muchos libros y premios a sus espaldas. Reflexiona una vez más acerca del mayor misterio que nos acosa, el del tiempo y su paso inexorable hacia la muerte. En el poema “Aquella puerta” (pp. 8-9) nos dice:

 

Pero siempre arde el fuego

que la vida encendió para nunca extinguirse.

No siquiera la muerte borrará lo que fue.

Quedarán las cenizas, los silencios

pregonando en el hombre su miseria

y su alcázar de gloria.

Estuvieron aquí y construyeron

altares donde un pájaro

depositaba el vuelo como ofrenda.

 

Se resiste el poeta a aceptar la aniquilación de todo. Piensa en la muerte como en un final que es ley y no castigo. Centra su simbología expresiva en símbolos de siempre, revitalizados, como la luz y el mar, muy frecuentes en su poética y en su trayectoria. Sobre la luz se pregunta: “(…) ¿presta / su claridad a tanto abismo, / como quien da una limosna o bendice / lo que apenas naciendo se presiente?” (p. 15). Y el  mar es el conocimiento, de eternidad, como en Juan Ramón y en tantos otros poetas:

        

El mar no muere nunca y hasta puede

dotarse en su ansiedad

de un corazón enorme, de existencia

como de dios pequeño que, insistiendo

en su ir y venir,

nos creara otro mundo.

 

En algunos poemas del libro reflexiona metapoéticamente sobre la escritura, la palabra como creación. Así en “Nacimiento de la palabra” (pp. 17-18), “Poder de la palabra” (p. 20) o “Madre humilde” (pp. 33-34). En el primero podemos leer:

 

Desde el altar del tiempo, adonde vamos

buscando la verdad y cayendo,

como si un precipicio nos tentara

a tanta creación y claridad,

ofrecemos preces

para que la palabra, que ya dejó la sombra

y en éxtasis convive con la luz,

a sí misma se piense en un continuo

conocerse y decirse.

 

Mena Cantero, poeta del tiempo y de la luz, con su mester bien aprendido, con su poética anclada en la tradición continuamente renovada, alcanza una vez más a perfilar un libro de poemas de calidad y emoción.

 

Y en este mismo año 2008 saca a la luz otro libro, el que nos convoca. Si el anterior aludía al pájaro y su vuelo, éste sitúa la referencia en la tierra, se titula Escrito en tierra. Lo edita la elegante colección Baños del Carmen  de Ediciones Vitruvio de Madrid, en su núm. 166 (ahí han publicado, entre otros, Gloria Fuertes, Gabriel Celaya, Carmen Conde, Rafael Montesinos o José Manuel Caballero Bonald).

En la contraportada hay un poema que nos sedujo desde el principio por su sencillez y profundidad magistrales. Difícil decir más en tan poco espacio, con una armonía semejante, una verdad tan desnuda, una reflexión tan honda. Es el poema “Bajo el árbol”, y nos dijimos que si todo el libro tenía ese tono sería un gozo leerlo y releerlo:

 

No es tomar posesión del tiempo

tumbarse bajo un árbol

y auscultar

los latidos del día.

Es comprobar que continúa

la vida a nuestro lado.

Esta vida del pájaro y la flor

como si no acabara nunca

la creación del mundo.

 

Bastaría ese solo poema para salvar un libro, un poeta, un mundo. Pero la sorpresa que nos ofrece Escrito en tierra es que en su interior hay más poemas grandes desde el punto de vista de la calidad lírica, como “Elogio del campo”, “Hora total”, “Aldaba de esperanza”, etc.

De la variedad de registros temáticos que ha abordado su autor a lo largo de su dilatada carrera, aquí se inclina por uno fundamental: la tierra, o dicho de otro modo, la naturaleza, el gozo de vivir en armonía con el campo, la fronda, el barbecho, el pinar, la siembra, los ríos, los ciclos lumínicos del día desde el amanecer al anochecer. Recoge el testigo así de una fecunda y emocionada tradición que abarcaría desde las clásicas obras de Hesíodo a los poemas de retiro al campo denostando la ciudad (Guevara, Fray Luis de León…) y, por supuesto, la delicadeza, el amor al campo y el hondo lirismo con palabras sencillas de un excelente poeta contemporáneo, José Antonio Muñoz Rojas, el autor del inolvidable Las cosas del campo.

Mena Cantero ahonda, sobre todo en la primera parte de su poemario, en los paisajes y ciclos de la naturaleza, como signo y símbolo de “nueva creación”, de continua recreación de lo vivo. Nos muestra el campo como un lugar propicio para tener otra noción de la vida y de la muerte. Nos dice en el citado “Elogio del campo” (p. 17):

 

(…)

Y contemplar el campo es tocar el milagro

de quien se sobrevive,

                                             que aquí la muerte es otra cosa.

un sueño acaso, tan benigno

como el de cada abrazo del invierno.

Y luego, el lento despertar

en el fruto en sazón  hacia otra vida.

 

El campo se contrapone a la ciudad, siguiendo la citada tradición clásica y renacentista. El primero es sinónimo de paz, de alegría. La ciudad, en cambio, lo es de turbación, penosa e inútil acumulación. Es mística la sencillez y el alborozo del campo. Y ante él, el poeta es un contemplador dichoso, como vemos en “Amanecer en el campo”:

 

He cerrado la puerta de mi casa

y, alienado de mí, contemplo

el entusiasmo universal

de la naturaleza,

y hasta percibo a otro hombre

infundiendo su espíritu y su voz

como si de otra creación

hoy se tratara.

 

Y en los últimos versos de otro poema, “Libertad” (p. 15):

 

Sintió la libertad como una sangre nueva

y se arrojó a un océano de luz

para huir, cuando el alba,

al exilio dulcísimo del campo

y borrar la ciudad de su memoria.

 

No faltan, no obstante, retazos sombríos ni siquiera en esta primera entusiástica parte. Y esto a pesar de predominar el hodiernismo, el gozo del instante, considerado como eterno: “En excesos se mide saber que cada instante / se hace eterno de pronto”, de “Campo”, p. 23).

El paso del tiempo, un poco la soledad, la vida como sueño, el “vanidad de vanidades” se asoman en ocasiones: “Duele la soledad  al desterrar olvidos / y se clava en las sombras / de las frías paredes”, p. 15), o en “Una gota de agua” (p. 21), que concluye:

 

Hay un abismo

entre los hombres

que impide que otro Lázaro nos traiga

una gota de amor. Y cuando el tiempo

se nos vaya escapando, porque siempre

alguien se deja abierta

la puerta de la casa, volveremos

a ser lo que ayer fuimos: una gota

de agua en el océano.

 

Este destello de pesimismo se hace más patente en la segunda parte de la obra, donde algunos títulos de los poemas delatan la melancolía, la zozobra: “Naufragio total”, “Cementerio en alto”, “Volver al pueblo”, aunque siempre tendrá Mena Cantero a la mano una porción de esperanza y así otros poemas se titulan “Aldaba de esperanza”, “Alegría “o “Esperanza”, para compensar. El tiempo se hace más patente, los recuerdos más hirientes. De “Aldaba de esperanza” (p. 42) es esta reflexión: “Recordar es un goce que restaña / las crueles heridas de los días, / si aceptamos que el sino / no es de la vida su derrumbe / ni el tributo mortal / que ya estamos pagando”.

Mena Cantero, que es un poeta de corte clásico, que domina las estrofas tradicionales, opta aquí, como en otros libros anteriores, por el verso libre, con un ritmo preciso y equilibrado, mezclando la música de versos de arte mayor y menor con gran habilidad, y con un lenguaje poético basado en el rigor de la palabra justa y la sencillez llena de matices y emoción.

En Escrito en tierra, pues, destaca ante todo la poetización del campo y sus labores y entornos, como alegoría de la vida, como en “La siembra” (p. 25), otro ejemplar poema. Felicitamos a su autor por la calidad de la obra dentro de su encomiable trayectoria.

 

José Cenizo Jiménez

Universidad de Sevilla 

Octubre de 2008

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