Sombra a Sombra

13 01 2009

portada-de-gomez-valverde

 

 

Sombra a Sombra, de Santiago Gómez Valverde.

Ediciones Vitruvio, 2009

 

 

El libro que tratamos hoy, Sombra a sombra, de Santiago Gómez Valverde, es un libro largo, de una extensión inusual para un libro de poesía. Sin embargo, uno comprende al leerlo que esa longitud no es falta de selección, ni procede tampoco de una retórica palabrera, que multiplica la pose y el gesto vacío. Necesita de esa extensión para decir lo mucho que tiene que decir.

Encontramos en él desde el texto metapoético (es decir, aquél cuyo tema es la propia poesía, su modo de manifestarse y su posible sentido) al más nítido y delicado poema de amor; desde el lenguaje brillante e inventivo hasta el que refiere hechos cotidianos con descarnada sencillez; desde el poema en prosa hasta el haiku, pasando por distintas posibilidades de verso blanco o más o menos libre, e incluso el soneto.

¿Por qué esta variedad de formas y de asuntos? Yo creo que el sugerente título, Sombra a sombra, es plural, y que lo mismo apunta a la diversidad de sombras que constituyen el mundo para quien no se conforma con su luminosa obviedad y aspira a saber cómo y de qué está hecha (es decir, la sombra como modo de conocimiento), que al diálogo con un otro que nos devuelve la misma extrañeza o la misma encendida ignorancia (y aquí entrarían, por ejemplo, los muchos poemas de amor que el libro contiene), como, todavía, a un inventario de las oscuridades que somos o que el mundo nos ofrece, en busca de un desvelamiento final que nos permita indagar, o al menos presentir, el verdadero nombre de las cosas.

Hablaba antes de “un lenguaje brillante e inventivo”. Una frase como ésta podría hacernos pensar en una poesía que busca el lucimiento, que dirige su foco no a la indagación de las realidades, y de la realidad, sino a la propia -e inconveniente- persona del autor, a su habilidad técnica de virtuoso. Pero no se trata de esto. Santiago tiene ciertamente, entre otros, el don del verso o la frase  llamativamente originales, fuertemente expresivos. Citaré algunos ejemplos: Dios habla solo por los pasillos de su ausencia, Son mis manos / antiguos cementerios de caricias, …o cuando entre los ríos curvos de tu cintura / la luna pulsa firme el acorde del agua, …mientras arde en tu piel una hoguera de sueños, Los hambrientos balcones de los sueños, / entre nubes de sombras, se meriendan la luz del horizonte, La luz de este domingo, en mi jardín, tiene forma de ausencia. Versos que, por su fuerza imaginativa, por su poder de sugestión, son casi poemas en sí mismos. Leyéndolos en su contexto, sin embargo, podemos ver que no son simple ostentación de una fuerza expresiva que se complace en su propio discurso, sino puntos donde se concentra una intensidad que equivale a un desvelamiento; hallazgos verbales que son al mismo tiempo iluminaciones del sentido. Porque, en último término, lo decisivo no es la acuñación verbal más o menos afortunada, sino el poema como conjunto, y la arriesgada indagación que él nos propone.

Por esta razón, pienso, podemos encontrar, junto a poemas en los que es dominante ese uso vivamente personal del lenguaje, otros en los que el decir se despoja hasta la sequedad, o se adelgaza hasta el puro temblor. Un poema como La tieta, por ejemplo, no debe nada de su poder de convicción a ningún realce de la palabra, que se basta ahí en su misma desnudez para transmitirnos, con plena eficacia, la ironía trágica de la situación que evoca. O, en otro sentido, un haiku como el de la página 168, que no me resisto a citar entero: ¿Cómo será / la luz de la mañana / cuando me olvides?, un haiku así, decía, no necesita de la menor alharaca verbal para alcanzarnos con su escueta sugerencia. En unos y en otros, en los más trabajados verbalmente como en los más desnudos, lo central no es, a mi parecer, la pura virtualidad del lenguaje, sino aquello que en él se encarna, la indagación, o la emoción, evocadas a su conjuro.

Yo creo que la pluralidad de formas y de enfoques que aquí encontramos es, en último término, un intento de asediar desde distintos puntos de vista ese núcleo evanescente de lo real, esa sombra del título, para estar seguros de que lo que ese asedio pueda rendir es genuino; es decir, se trata de algo más que de aquello que, desde un único y previamente orientado modo de mirar, nosotros mismos hayamos puesto allí sin darnos cuenta. Y que es en busca de esa autenticidad de la mirada por lo que Santiago permite que cada poema se defina, en forma y en lenguaje, del modo más ajustado a su propia búsqueda, sin temor a la diversidad que pueda resultar de ello. Es más: creo que los haikus que ocasionalmente encontramos en el libro diferenciados apenas en una, en dos palabras, de otro haiku anterior, están ahí exactamente por esa misma razón: suponen un delicado, tanteante asedio a ese centro escurridizo, a esa sombra, que, precisamente por serlo, es fácil de falsear, de confundir con lo que no es ella.

Libro pues, éste de Santiago, complejo y rico, pero con una riqueza que, como ya apuntaba, no es ostentación, sino pluralidad y sutileza; respeto, en último análisis, a la sensible vitalidad de aquello que desvela. Y que, para hacerlo, se sirve en cada caso del modo de acercamiento que le parece pedir la delicada verdad a la que se aproxima. Así, sombra a sombra, es como a mi parecer procede el autor en este libro: aproximándose delicadamente al misterio para conocerlo sin avasallarlo, sin desvirtuarlo, y, sobre todo, sin sustituirlo, mediante juegos de habilidad verbal que le costarían bien poco, por un doble suyo más o menos manejable, pero en el que en verdad no quedara nada de ese centro difícil que busca. Es, la que aquí se impone el autor, una tarea nada sencilla; yo creo sin embargo que en su flexible conocimiento del lenguaje, y en su voluntad de no falsificar nada de lo que ve o de lo que siente, dispone de las mejores armas para llevarla a término.           

                                                                                                                            

                                                                                                                                      José Cereijo

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