Enredos de luz, de Marta Rubio

26 01 2009

Enredos de luz,

de Marta Rubio Aguilar. Ed. Vitruvio.

 

 

 

         Espero ser breve y no aburrirles demasiado… hay una anécdota de García Márquez a propósito de esto… estaba dando una conferencia y en un momento dado se dirigió al público y les dijo: “si alguno de ustedes se están durmiendo, por favor, abandonen la sala, pero háganlo con cuidado para no despertar a los que ya están dormidos”. Espero que esto no les ocurra a ninguno, pero si es así, lo dicho, no despierten a los que ya duermen…

Ahora en serio: parece que se va a convertir en una costumbre para mí el presentar libros de mujeres poetas y afincadas o arraigadas, por contrato laboral o por colaboración necesaria (como en los crímenes), con mi puesto de trabajo en una editorial. Así pasó con el libro Atreverse al mar, de Ana Ares, y así pasa ahora con Enredos de luz, de Marta Rubio. Digo esto porque yo la conocí a ella trabajando para mi empresa (quiero decir, para la empresa que me paga el salario), aunque en realidad conocí muchos años antes a su padre, compañero de trabajo y del que nunca pensé que sería el padre de alguien de quien iba a presentar un libro de Poesía. Por aquel entonces, cuando le conocí a él, la poesía era para mí una rosa esquiva que guardaba en el interior como una joya antigua dentro de un joyero, que abría casi a diario para verlo y cerrarlo de nuevo, y los poetas eran esos seres raros que conocía de leerlos y con los que no quería tener apenas trato. Nada me hacía suponer que existía poesía escondida en todos los rincones, incluso que compañeros de trabajo con los que nunca hablabas de casi nada que no fuera trivial o laboral, engendrarían a una poeta a la que conocería años más tarde, muchos años después.

Y sobre todo lo que no podía imaginar entonces es que esa poeta que algún día conocería guardara tanta belleza, tanta verdad, en sus versos. Porque Marta es una poeta honda, una de esas extrañas poetas muy verdaderas. A menudo los poetas nos enfrascamos en diatribas con poco sentido con las que pretendemos encasillarnos en escuelas, corrientes, líneas… y con el tiempo uno descubre que las mejores corrientes son las que en el mar conducen a los barcos siguiendo a los delfines, y las mejores escuelas aquellas en las que uno aprende a enfrentarse con lo que la vida le deparará más adelante, que casi siempre es una sucesión interminable de perrerías. Las mejores corrientes, las más auténticas, son las de afinidad, y las mejores escuelas, las más útiles, las de la calle.

Decía que Marta es una poeta honda, pero no hay que confundir hondura con hermetismo, porque no es la suya una poesía hermética, bien al contrario. Tampoco quiere decir que sea fácil, ni sencilla, sino, simplemente, Poesía, con la “P” en mayúsculas, que es ya decir mucho. La “facilidad” de la poesía a menudo no está en quien la transmite, sino en los que la percibimos, y en si somos capaces o no de captar la magia que encierra. Poesía como magia. Marta como una prestidigitadora de palabras, capaz de sacar de su chistera un país de belleza.

Es también la suya una poesía minúscula, que se aleja del panegírico de algunos poetas larguísimos para adentrarse en el territorio de lo simple, de lo condensado. Poemas con versos cortos, eso que en mis años de escuela llamaban versos de arte menor. La necesidad del ser humano de definirlo todo, de darle un nombre a cada cosa, nos hace cometer a menudo errores de bulto: he leído algunos haikus de Basho que encierran más belleza en diez o doce palabras que algunas novelas infames de cientos de páginas o que en muchos poemas eternos (por lo “largos”).

Marta traza retazos cotidianos de amor como pequeñas teselas, todas ellas partes de un gran y hermoso mosaico que es su libro. Poesía desnuda y condensada, intimista pero abierta a veces, que retrata el interior del alma haciéndola salir hacia fuera… que se detiene en el yo para subvertir el nosotros, y para hacerlo suyo. Poesía instantánea, del momento, de la fragilidad del instante que pasa y que ya nunca vuelve salvo en el recuerdo emocionado en un verso, en una imagen, en un cuadro que pintan el alma o el cerebro. El instante del hoy y el para siempre.

No quiero hablar mucho del libro, porque será Marta quien con su lectura nos de la medida de su Poesía, pero sí quiero detenerme en algo que es recurrente muchas veces cuando se habla de ella. En efecto casi siempre se tiende a la discusión sobre los motivos y las connotaciones de la poesía, y sobre todo tendemos quienes nos dedicamos a este oficio descarnado y desgarrado de ver la vida desde este prisma, de intentar definirla, constreñirla y delimitarla. Y de ese modo, muchas veces nos preguntamos  entre nosotros si la poesía busca la sencillez, el ritmo, la verdad, la autenticidad… y cada uno encuentra sin duda respuestas a sus preguntas en alguna de estas palabras, o en otras distintas. Por eso me cuesta definir qué es poesía, pero casi siempre tengo claro qué no lo es. En el caso del libro de Marta, la primera vez que lo leí hace algunos meses ya, no tuve la menor duda: era Poesía, de la buena, de la de verdad, y además estaba muy en la línea de algo que me obsesionaba desde hacía tiempo, y era la sencillez oriental, la huida del discurso expositivo. Algo parecido a aquella discusión de los años sesenta y setenta entre el cine “de Poesía” de Passolini y el “de Prosa” de Eric Rohmmer. ¿Contar o esbozar? ¿Exponer o sugerir? Marta esboza, sugiere, desde dentro y para adentro, y deja que sea el lector, que al fin y al cabo es quien completa y cierra el círculo del libro, el que exponga los motivos, el que encuentre el tesoro después de interpretar el mapa o quien recorra el laberinto para hallar la salida.

Cuando empecé a leer su libro y vi que era un libro de poesía amorosa, que coincidió con la presentación de uno mío que también lo era, y meses después con la presentación del libro al que me refería de Ana Ares, que también era abiertamente amoroso, volví a preguntarme nuevamente por los temas, por los motivos en la Poesía. ¿De qué habla la poesía, de qué hablamos los poetas? De lo que pasa dentro y fuera de nosotros, de la vida, de la muerte, del amor. Es el amor, quien lo probó lo sabe, que decía Lope de Vega.

Poesía de amor… ¿está ya todo dicho en el amor? Seguramente, en el amor como en la muerte, en la guerra, en la miseria, en el desamor y en la desdicha, en la naturaleza y hasta en los temas más triviales, casi todo se ha dicho ya. Resulta imposible encontrar alguna corriente del pensamiento o del arte que no se haya desarrollado antes. Entonces, ¿qué es lo que hace que sigamos sintiendo, escribiendo, pintando, haciendo cine…, si ya está todo dicho? Probablemente, y esto es sólo una hipótesis con la que podéis estar de acuerdo o no, la forma de decirlo. Las mismas palabras, las mismas ideas, se repiten a lo largo de los siglos en miles, en decenas de miles de obras que son iguales y que, sin embargo, tienen algo que las hace distintas. Aunque no sepamos qué es. Aunque no seamos capaces de definirlo. Algo que nos hace reparar en ellas, que nos mueve a recordarlas, que las graba dentro de nosotros.

Ese algo, para mí, en el caso de la Poesía, es la magia, el encantamiento, la capacidad de sugerir estados de ánimo, situaciones, sentimientos, incluso sin nombrarlos, sin que tan siquiera seamos capaces de vislumbrarlos. Y luego, claro, está el talento, la capacidad del poeta para mostrar lo que otros ya dijeron, con palabras parecidas porque los sentimientos son casi idénticos, y de tocarnos en el fondo un instante, de llevarnos un segundo a la felicidad, de abanderarnos bajo la patria de su lenguaje. O de transmitirnos su tristeza. O de hacernos pensar para situarnos fuera de nosotros, en otra dimensión, en otro plano que nos trasciende.

Los grandes temas, las grandes ideas, están en muchos de los versos de sus poemas… en especial en las dos primeras partes del libro, Lejanías y Puntos de fuga, que se abren con dos citas espléndidas de T. S. Elliot.

El paso del tiempo, por ejemplo, recordando además a Neruda, como un guiño imagino que consciente, en esos versos que dicen

 

El tiempo pasó

y ya no somos iguales.

 

O el desamor, cuando tras hablar del dolor Marta nos dice

 

Estaba esperando

a la vuelta de una esquina.

 

O las referencias a que antes me refería de la poesía oriental en el poema titulado Haikus, o en Jueves, y sus bambúes…

 

Hay, por ejemplo, versos bellísimos, que nos hablan de la sensación de soledad, del destierro que supone la ausencia del amor, como unos que he anotado y que me parecen maravillosos…

 

Cuando antes venían tus dedos

a enredar todas mis horas,

y ahora solo las desatan.

 

 

Y poemas completamente perfectos… no sé si lo leerá Marta, pero si no tiene previsto hacerlo me gustaría leer un poema del libro que me encantó.

 

Ausencia

 

Tengo miedo de encontrar

restos de tu amor

en mi rostro.

 

Por eso evito los espejos.

También los cristales.

 

No quiero estar a solas

con tu ausencia.

 

En la parte tercera del libro los poemas adquieren mucho más peso. Las referencias orientales, mucho más  “ecológicas” por así decirlo, que aparecían a menudo en las dos primeras partes, se vuelven aquí cargas de profundidad. Curiosamente también, algunos de los versos de esta última parte son más largos, y también más discursivos, en el mejor de los sentidos, porque tienden a la máxima, a la reflexión categorizada, que en algunos momentos alcanza cotas de belleza grandísima. Así, por ejemplo, ocurre en el poema Tiempo

 

El tiempo estará tan lejos

como donde me lleven tus pasos.

 

 

O en Sal

 

Olvidé cerrar el firmamento

al rozarme en la sal de tus pestañas.

 

 

O en el poema que cierra el libro, Alquimia, con esos últimos versos…

 

Así la vanidad

desviando las aceras,

así un derroche

que me cesa.

 

Pero no quiero enfrascarme en el análisis detenido de esta obra excelente, sino al contrario: quería nada más servir de introducción para que sea Marta quien nos lleve de la mano de su poesía a las fronteras de su corazón, de su pensamiento, y nos muestre esa “yo” que en ella habita y que es seguramente otra bien distinta a la que conocemos muchos de nosotros: la Marta que se esconde en los versos de Enredos de luz, opera prima y pistoletazo de salida de lo que debe ser, y así lo espero, el inicio de una larga y fructífera carrera.

Y termino… quienes conocéis a Marta, y creo que aquí estamos casi en familia, sabéis de su timidez para desnudarse en público, ni siquiera por exigencias del guión. Porque al fin y al cabo una lectura poética es eso, desnudarse delante de los otros, mostrarse por dentro. Es una suerte de onanismo, gozoso en la soledad o en la compañía de otro u otra, pero difícil ante tanta gente. Como precisamente estamos los que somos y somos los que estamos, y no es cierto que donde hay confianza de asco, sino complicidad, os invito a que disfrutéis de esta Marta bellísima en la desnudez de su poesía, y a que devoréis su libro, hasta hacerlo vuestro, hasta convertirlo en tuétano, en polvo de vuestro propio oro. Parafraseando a Quevedo, “polvo será, más polvo enamorado”. Muchas gracias.

 

 

 

Paco Moral

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