A palo seco, de Antonio Hernández

13 02 2009

A palo seco, de Antonio Hernández

RBAeditores, Sevilla 2008

 

 

 

Si en el siglo IXX y a principios del XX fue la Tuberculosis la enfermedad que atacó a más escritores de genio, y en algunos casos nos privó de sus textos para siempre, en la segunda mitad del siglo XX y por lo que parece, en lo que llevamos de siglo XXI, otra enfermedad está llamada a atropellar a nuestros autores y en muchos casos, hacerles sacar, a fuerza de tristeza y desesperanza momentos brillantes de literatura. Habló cómo no de la depresión, que vestida de mil maneras, es una especie de lugar prohibido y sabio, un estado del alma horrible de esos que si no te das cuenta, cuando te miras al espejo, no ves ni siquiera un reflejo de lo que fuiste aunque estés escribiendo el mejor poema de tu vida. Enfermedad que no mata aunque lo parezca, enfermedad que acaba pasando pero es como uno de esas tempestades cuyo recuerdo puede llenar un cuerpo de escalofríos y de temblores. Siempre es algo del alma lo que el poeta lleva entre manos, por eso escribió Rafael Alberti Sobre los ángeles, o Dámaso Alonso la gran parte de Hijos de la ira, o García Lorca, Poeta en Nueva York… Depresión de depresiones el hombre cuando piensa demasiado y la misma enfermedad le hace entender realidades que antes tenía como escondidas en su memoria.

         Antonio Hernández, escribió su A palo seco, en el camino tortuoso y enorme de una depresión. ¿Quién sabe qué motivos le llevaron a ella? Antonio Hernández, poeta conocido por todos, hijo predilecto de Arcos de la Frontera, que en 1965 publicó El mar es una tarde con campanas, y desde entonces no ha dejado de configurar una obra poética sublime, lúcida como pocas, y con una manera de hacer reflexionar al lector que la convierten en reveladora y diferente. Siete años llevaba Antonio sin escribir poesía, hasta que se cruzó con los poemas de A palo seco, hasta que ya digo, ese viento desolado de la depresión le hizo, de un golpe, de un golpe de mar que diría Blas de Otero, ver el mundo con la amarga luz que eso conlleva y escribir sin ignorarlo. Bajo ese camino y alentado por el gran escritor, Javier Reverte, escribió el mejor libro de su carrera y una de esas obras que todos deberíamos leer para aprender y para disfrutar. Libro que parece el de toda una vida, como si el poeta llevara escribiéndolo desde su adolescencia y saltaran en sus páginas los personajes que le han acompañado siempre, padre, madre, hermano, colegio, amores… Libro que empieza con una mueca a la brevedad de las mejores cosas, a la fugacidad de los instantes dichosos, y acaba en un hermoso testamento poético que es también todo un himno al deseo de ser mejor cada día, de huir de los errores que a todos nos encuentran. 

         A palo seco es, esencialmente, la toma de conciencia de que cada día que pasa es un día menos y nuestra vida se va llenando de rostros y rostros que ya no volveremos a ver. No es un libro escrito bajo la herida del paso del tiempo, no, es mucho más, es un libro sobre las mentiras cuando se descubren de golpe y la vida no es lo que parecía ser, sino todo lo contrario, o lo mismo, pero con miedo a la muerte, a perder el amor de los seres queridos, a no recordar a quien se debe, a beber demasiado o lo que es peor, a no terminar de hacerlo, a que el niño muera definitivamente como el cine Ramírez ahora transformado en sucursal bancaria o tienda de teléfonos móviles. Y esa toma de conciencia se desarrolla basada siempre en la sinceridad. La sinceridad es una de las llaves más definitivas del poeta, y se hace más grande cuando el poeta trata temas poco frecuentes, temas que atañen a todos los poetas y que Antonio sabe tratar como nadie, no es una sinceridad valiosa la del poeta que nos cuenta que está solo, o que añora los años de su juventud, o que echa de menos las manos de su madre, la sinceridad valiosa es la del poeta que trata nuestra omnipresente y cansina vanidad, el sentimiento de fracaso que tendría de no vivir el reconocimiento que hoy tiene, ejemplo es el poema Honores, o lo que es más conmovedor y terrible, la soledad ante una madre cuya controversia en vida es dolor tras las muerte, el texto, Canción de tumba, crea un salto en el corazón del lector, sobre todo al leer: ¿Por qué te echo de menos/si yo no te quería?

         Leopoldo de Luis, aquel poeta que era casi un santo y que Antonio tuvo ocasión de homenajear en esta misma tertulia, me confesó un día su método infalible para saber cuando un poema es bueno, escucharlo, porque yo lo he usado desde entonces y la verdad que es un hallazgo. Leopoldo me dijo: Mira, un poema es bueno cuando te hubiera gustado escribirlo a ti, cuando te gustaría que ese poema estuviera en tus libros. Parece una simpleza pero luego lo piensas y es toda una verdad. El poeta es celoso de su obra y sólo incluiría en ella los textos que fuera capaz de amar.

         Hay varios poemas en A palo seco, que yo querría haber escrito. En algunos por su profundidad, el poema Dios, es un ejemplo de ello. Qué difícil hoy en día escribir sobre Dios y decir algo, algo nuevo. En este último libro de Antonio Hernández, Dios es un pasajero obligatorio, salta y salta de las páginas y en muchos casos es descubrimiento y milagro, en otros es silencio y tristeza. Otros los haría propios por su encantadora lucidez, el poema La Paradoja, que con el permiso de Antonio voy a leer completo, es una brillante expresión de la vida misma, de la temible y hermosa paradoja que encierra el sentido de vivir:

 

 

                                     La paradoja

 

 

         Me pegó mi padre, poco, pero un día.

         Mi hermano mayor, otro día, fuerte.

         Me pego mi madre sin usar las manos.

         Me pegó el maestro con pena y con rabia.

         Mas ninguno de ellos llegó a lastimarme

         como luego la vida, cuando me quitó

         a mi hermano, a mis padres y al maestro.

         La paradoja, Dios, la paradoja.

 

         Ahora, por fin, ya podrán perdonarme.

 

 

Necesidad del perdón como aquella que sentía León Felipe, y un poema hermosísimo como tantos otros que recorren el libro. Cine Ramírez, elegía maravillosa a la infancia y al cine. O el poema Federico. Miren que es complicado escribir hoy un poema sobre Lorca, hay tanto escrito, y de poetas tan grandes, pero Antonio ha encontrado al García Lorca de siempre con unos versos de nunca, diciendo lo mismo que otros tantos: la magia del poeta granadino y su fondo andaluz, pero con una sutileza que lo hace distinto, casi nuevo. Y qué decir del poema, Mi sobrino Manolo, que no le leo yo, pero tendrá que hacerlo Antonio, lúcido otra vez, pleno, sensible, casi irónico, malvado en su final definitivo, brillante en el dolor y la cordura.

A palo seco ha tratado la vida a nuestro poeta, no nos engañemos, a palo seco te ha tratado la vida a ti que ahora me estás escuchando, y a mí por supuesto, tantas veces, y a todos porque las cosas son siempre del revés de nuestros sueños. Acierto es saberlo y escribirlo, acierto, comunicarlo, ese es el reto del poeta. Lo sabe Antonio Hernández, que como el viejo faro, resurge de sus cenizas y vuelve de su depresión con este libro magnífico y poderoso.

 

 

Pablo Méndez

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