Oh siglo veinte de Pablo Méndez

31 03 2014

Nacido en Madrid, en el año 1975, Pablo Méndez es un escritor vinculado a la Poesía desde su edad adolescente. En 1993 publicó su primer libro, “Palabras de aire”; y en 1994 la edición de “Una flecha hacia la nada”, le reveló como una voz poética seguida con atención. Es autor también, entre otros textos, de “Barrio sin luz”, “Patio interior”, “Alcalá blues”; libros reunidos en “Cadena perpetua” y, también, de “Ana Frank no puede ver la luna”, que fue Premio de la Crítica de Madrid, y ha contado con cuatro ediciones en España, a la vez que una en Ecuador y México, respectivamente.

Como prosista, es autor de las novelas “Guerra de brujas” y “Taller de Poesía”; así como de los ensayos “Cinco escritores en el espejo de la escalinata” y “Alba y ocaso del primer libro”. Por otra parte, ha contribuido con diversos textos en varias obras colectivas, tanto en prosa como en verso. Así mismo, ha realizado numerosas presentaciones de libros de poesía de diferentes autores, publicados por Ediciones Vitruvio y otras editoriales. Finalmente, y como poeta, cabe reseñar que posee una amplia experiencia de lecturas de su obra en numerosas instituciones de carácter educativo y cultural.

“Oh, siglo veinte”, tal y como se informa en la introducción, contiene su última producción poética; una poesía siempre plena de sinceridad y de emoción, que esta vez viene acompañada de nombres propios; quizá de espejos donde mirarse, y saberse uno más entre muchos que caminan. Certero comentario, pues la obra objeto de estas líneas posee en muy alto grado la virtud de la sinceridad, unida a su intrínseca y honda razón argumental; texto plural pero, a la vez, coherente en todas sus partes por el rico y variado numen inspirador; ése que, en el auténtico poeta, nace del remoto y sombrío ayer adolescente, transitando después hasta el permanente manantial de la inspiración interior. Características que se dan en máximo grado en el poeta Pablo Méndez, escritor sin máscara ni efectismo, ajeno a la búsqueda del lucimiento personal, siempre pretenciosa y patética. En este sentido, “Oh, siglo veinte” se nos ofrece, ligero de equipaje, limpio de maquillajes y afeites, reconociendo con naturalidad su anhelo de perfección; entendida ésta como búsqueda de la íntima y universal esencia del ser humano.

Poemas dedicados a un siglo XX, íntimo pero transferible, aunque siempre vinculado a la memoria personal. Confesión textual escenificada con  singular lucidez y lógica poética, transferida a un emocional poema introductorio, el cual reproducimos íntegramente por su emotiva significación para el autor y contextual en el libro:

 

 

 

Pequeño recuerdo

 

Ahora estoy en Madrid en 1940,

                        mi madre, mi tía y Rosa

                        me despidieron en la estación de Ávila,

                        desde la ventanilla no quise verlas llorar,

 

                        llegué al atardecer, lloviznaba

                        y la estación de Atocha no parecía

                        aquellas fotos que vimos

                        en los sueños y las revistas

                        de antes de la guerra,

 

                        pude cenar en la pensión,

                        y pasé la noche lleno de frío,

                        mirando la puerta, agarrado

                        a no sé qué, queriendo imaginar

                        cómo sería la vida con mi padre ya

                        libre de la cárcel el hedor y la muerte

¿Enigmático el sentido? Puede ser; pero también entendible a través del espíritu, como toda la poesía del autor. Instantánea familiar siempre evocadora de momentos intensamente emocionales. Pasión contenida y destierro interior. Obra dividida en cuatro partes atendiendo a su devenir en el siglo que le da nombre: La Madre, El gato de Maribel, El hacha del abuelo, y Club privado. Fragmentación fundamental, respondiendo a una intrínseca razón literaria ajena, en lo adjetivo, al autor; el cual no parece haberse reservado un especial reducto para sí mismo.

 

Primera Parte: La Madre

           

Comienza con el poema titular; en el que se funden lo fatal, con su trágica escenografía tenebrosa; la muerte accidental; y el cuerpo del hijo, tendido allí en la morgue:

 

sereno

blanco y turbio como la nostalgia

en ese hueco

inanimado y sombrío

 

Muerte hiriendo el amor maternal, afligida estatua:

 

como una sombra turbia y enloquecida

un dolor pleno que no sabe

a qué ciencia pertenece

una soledad que tenía manos y dedos

y aullaba como un lobo

 

Drama y también cálido lirismo:

 

ternura entre los labios

amor de la madre

traer del mar cántaros, botellas o palomas

 

Casablanca, 1941

 

Leve, tal vez oculto anhelo de una bohemia aventurera, un bar americano, una salvadora copa de ginebra:

 

amor

pues no he sido feliz

y de ver tanta muerte

se me han borrado los ojos

al mirarme en el espejo

 

Sugestivo arte del caminar, siempre camino, que cantara Antonio Machado, uno de los poetas más apreciados por Pablo Méndez; junto a Paul Celan, Rainer María Rilke, Juana Inés de la Cruz, Gloria Fuertes, Juan Ramón Jiménez, Carmen Conde, Rosalía de Castro, Azorín, Miguel Hernández, Federico García Lorca y otros, citados también en el libro. Prometeica escritura del hoy autor protagonista; itinerante literario cuya tendencia confirman, entre otros, sus poemas Titanic, 1912; Alber Camus en el Retiro y ¡Oh, siglo veinte! Circunstancial historicismo, personal, escénico y convencionalista, con su luz y su tiniebla. Drama humano, cruce de palabras poéticas, flotantes como esporas en el texto hermoso, audaz y sincero.

 

fondo del mar

dramática danza de todo un siglo

toda la sangre del mundo

baúl de distancias

húmedo bosque lleno de voces

 

Melancolía de la primera juventud del poeta; el cual tenía 25 años cuando vio morir la centuria que, inexorablemente, quedaba atrás en los calendarios, pero no en el alma. Y, sin embargo, aquí estoy, confiesa Pablo Méndez:

 

añorándote aún,

no sabiendo cómo vivirte

en este otro siglo,

que dicen nuestro

y que detesto.

 

Espíritu sensible, alerta, profundo e imaginativo. Luchador infatigable que puede extenuar al poeta, pero no aniquilarle. Duplicidad pensante que lacera y estimula a la vez. Memoria de escritores y poemas; arrebato del rapsoda y análisis pautado del músico de las palabras. También, pocas veces, justiciero más allá del olvido:

 

 

Padre Casimiro

 

le gustaba a aquel sacerdote de mi infancia

usar su inteligencia para burlarse de sus alumnos

que entonces teníamos doce años,

 

nos parecía inteligente, sublime, penetrante

y reíamos sus comentarios haciendo más pleno

el acto de humillación a un compañero

 

pero ya digo teníamos doce años, nos faltaba

todo por entender, por vivir todo, él sin embargo

pasó la vida sin aprender nada.

 

Como contrapunto, grato es traer a la memoria al infortunado poeta Paul Celan (Bucovina, 1920 – París, 1970). II Guerra Mundial, estudios de Medicina, Bucarest, Viena. Profesor de idiomas en París y traductor; autor de Adormidera y memoria, De puerta en puerta y La rosa de nadie, entre otras obras; puso fin a su vida arrojándose al Sena en París, Pont Mirabeau, noche del 19 de Abril de 1970. Lamentable pérdida para la Poesía que Pablo Méndez recuerda en “Oh, siglo veinte”, dedicándole estos breves pero emotivos versos:

 

Paul Celan

 

qué frío estaba París aquella noche

todos los niños soñábamos

amar o morir en el río.

 

Tres poemas llenos de significado cierran esta Primera Parte: Crisis blues, Faro de Cabo Palos y Toda una vida. El primero nos dice que viajar no es la respuesta. El segundo que es extraña la luz de ese faro: cuanto más lejos estoy más cerca la veo volver y volver desde el mar de mis entrañas. Y, por último:

 

Toda una vida

 

empleé todo mi dinero

en coches de lujo, mujeres

y libros de poesía,

 

el resto

lo desperdicié.

 

Segunda Parte: El gato de Maribel

 

            Se inicia con un poema de aliento profundo que exige una muy atenta lectura, pues muchas son las claves de unas estrofas que, en gran medida, iluminan “Oh, siglo veinte”. Reproducimos aquí el último cuarteto:

 

 

 ahora ya saben por qué no he vuelto

a probar la miel y tengo ese terror

por los gatos la guerra y el frenético

impulso que hace matar al ser humano.

 

Después,

 

Pequeña conversación interpuesta

 

 sal y alivio de tu herida,

oscuridad de tu cemento,

vagabundo poblando

tus calles vacías…

 

Y un nombre propio:

 

Ángel Sanz Briz

 

… tu hermoso

increíble nombre

 

y escuchárselo entonces

a los pájaros que quieran

celebrar y celebrar

la vida.

 

Momento en el que la voz poética ha iniciado ya un crescendo profundo hacia la metáfora contradictoria; luminosa y oscura a la vez:

 

Herencia

 

se escribe este poema cada día

luego vuelve al papel en blanco,

 

… podrás

escribirlo tú que ahora lo lees,

y será inmensamente distinto

siendo lo mismo.

 

Intrínseca unidad de la búsqueda poética, y filosófica. Un estilo de ser y de pensar; un renacimiento tras largas búsquedas, huellas perdidas en territorios de ardua lectura; raíces, altas ramas, nevadas cumbres, hogueras sin ceniza. Porque:

 

Aquí no se ama nadie

 

… escalera de amor y deseo

tobogán ardiente de la vida que nace

sin embargo al llegar aquí nadie, nadie

se ama…

 

            Pero siempre existe un

 

Alto momento de amor y renuncia

 

… oh madre misteriosa,

vieja reina de mis sombras,

diabólico espejo de mis noches,

bruja ensordecedora y continua:

cómo quieres que haga: la poesía.

 

¿Clamor, pregunta o grito de auxilio?:

 

Porque lo peor no es la muerte – asumamos sus ojos de niña al final del camino – lo peor es su vieja fotografía: Cuando Hitler robó el conejo rosa. O lo que es lo mismo: inequívoca señal de que algunas historias / no terminan de pasar nunca. Como la pertinaz lectura de Las cartas del 36, que un día se arrojaron al estanque de El Retiro de Madrid:

 

… perla gris

húmeda y brillante

allí… se hundieron

como un siglo entero

 

como un país, como

la vergüenza del hombre

que llora y pide

desde la nada

de su propio corazón.

 

Intrahistoria y frío sarcasmo que se extiende hasta la inefable Última conversación con tío Bernardo; aquelarre de un irreverente poeta libertador de tragicómicas tiranías y máscaras de carnaval:

 

… seis palabras crucé con él

en los últimos treinta años; en el 92

que me dijo: si no estudias

matarás a disgustos a tus padres,

y en el 98: fue en claro fuera

de juego, imbécil…

 

Y justo al lado; en la página 55, un brevísimo poema viene raudo y hace justicia:

 

Instinto básico

 

hoy tienes, amor mío, gestos de actriz americana

hagamos el amor hasta el asesinato, clávame

el punzón si es preciso y que mi sangre decore

las colinas plateadas de tu cuerpo.

 

Le siguen cinco versos dedicados a Rainer María Rilque; aquel hermético y elocuente poeta que todos los existencialistas del mundo, del demonio, y de la carne, llevamos inyectados en vena; como escribió Albar Mahtút.

 

Rainer María Rilke

 

yo también he amado al dios del otoño

y he escrito largas cartas sin respuesta

 

pero no he sabido nunca elevarme

nunca perderme en ese palacio

oblicuo transparente húmedo de las flores

 

Y un poco más allá:

 

Reflexión cotidiana

 

tus días mejores no han llegado

y los peores los has vivido ya:

piénsalo así

 

no hay peor asesino

que el que se mata a sí mismo:

sin saberlo

 

Cierto, no hay peor homicida que el suicida. Parece lógico. De cualquier modo en Arte y, por supuesto, en Literatura, toda invención bien pensada y realizada, debe de ser verosímil. Por ejemplo, el poema de Pablo Méndez de la página 60, Conversación aplazada, entre el autor y el célebre poeta español Antonio Machado, nos hace partícipes del hallazgo de una incuestionable mariposa en el interior del ferrocarril subterráneo. Un poco más allá, justo al lado, en el Espejo de la página 61, el poeta viviente, entona un confiteor que es toda una acusación al género humano; que, por supuesto, compartimos no por convicción, sino por obligado axioma:

 

Espejo

 

robé,

mentí,

maté,

 

hice justo

lo que estás pensando,

 

estonces

¿qué soy?

 

 

no lo sé

de todas formas:

lo mismo que tú.

Aceptación ineludible del Corpus Místico del Género Humano que nos recuerda la célere metáfora Todos los Fuegos, el Fuego, de Julio Cortázar.Es decir, una amalgama del Carpintero de Nazareth, de Buda, de Freud, y de Filosofía vestida de Poesía. Porque si vivir bien importa mucho, bien morir quizá interese más. De ahí este inefable y cáustico Anuncio por palabras; vecino de Benito Pérez Galdós en el libro.

 

hombre gordo muy rico y en declive

busca mujer de cualquier lugar

edad y temperamento:

para no morir solo

y escuchar la dulzura

de una voz que le llore…

 

Verdad patética, casi mística; muy semejante a la que inspiró a Juana Inés de la Cruz, tan ferviente religiosa como sensitiva literata, a la que nuestro poeta dedica este sutil y breve poema:

 

hagamos el amor de la literatura otra vez

nada importan los siglos que nos separan

la luz es luz en cualquier noche.

 

¡Cuánto desierto, cuánto abismo, cuántas edades y circunstancias, recorren esos tres versos! A ellos siguen, como no podía ser de otra manera, muchos caminos.

 

Caminos

 

caminos

hay

para

todos

 

el que se equivoca

llega al mismo sitio

que el que acierta

 

¿Nihilismo?

 

Verdad

 

un día, dos, tres

cuatro a lo máximo sin tocar un libro

 

al quinto moriré seco y desdibujado

pareceré un árbol sin raíz y sin mañana

 

Gran poema éste. El alma del autor está en los libros; como la de tantos seres humanos que, para nuestra desgracia, no creemos en lo real; sino en la sub-realidad de la existencia. Pues, o somos surrealistas o no somos nada; es decir, metáfora de nosotros mismos. Más allá de los sentidos que se pudren. Como el idealista Peter Pan, poema de la página 67.

 

esto que no quisiste,

la casa o el dinero,

el coche y la piscina:

las perdidas estrellas:

los agujeros negros,

los años al fin y al cabo:

 

me están matando…

 

Poesía lograda, sin concesiones estéticas ni éticas. Poesía mayor:

 

… oh pájaro siniestro

llévame contigo

a recorrer las sombras

 

veamos amanecer en el parque

abandonado y pleno de la infancia

 

Añoranza existencial, pureza latente en el pensar adulto y en la remota y ya perdida inocencia de la infancia. Así lo dice, de forma tan magistral como contundente, en la calle 71 de su libro:

 

porque estoy borracho de mí mismo,

envenenado por una extraña fruta

que convierte en dulce mi amarga tiniebla.

 

Pero, Pablo Méndez no tiene dudas, aunque en Elogio del libro afirma que a veces parece todo perdido para siempre… y sólo de papel serán los sueños que me lleve. Dramática transición verbal que prosigue en Tristeza de amor y Extraño paseo melancólico, cuando a veces queda la infancia… y yo (el poeta) era el viejo olmo, hendido por el rayo y la memoria.

 

Tercera Parte: El hacha del abuelo

 

Romance de lobos, tierra de Caín.

 

Al comprar esta casa

el hombre oscuro turbio

delgado y siniestro

que nos la vendió

nos dijo: Todo para ustedes

sólo quiero el hacha de mi abuelo,

la que cuelga en el cuarto de la leña.

 

Durante mi infancia, saliendo

de todas mis pesadillas

estaba el hombre aquél,

lleno de sudor y sangre

volviendo de mi casa

con el hacha en la mano…

 

porque la veo todas las noches

está aquí, aquí, más brillante

honda y larga que nunca:

rozando mi cuello.

 

Pero, a pesar de todo, La poesía, la verdadera poesía, está sola:

 

disuelta en el aire

para que llegues tú

y la respires.

 

Sin embargo, tras recordar a Juan Ramón Jiménez:

 

a veces no es tan difícil

dormir bajo la sombra del árbol perfecto…

 

El poema Plaza quiere reivindicar la persona y la obra de León Felipe, el cual reproducimos íntegramente por su significativa entidad literaria:

 

Hoy voy a escribirte un poema a ti

plaza de la República Argentina,

un poema largo y hondo

como si fuese, ojalá, de León Felipe

 

un poema con largos muy largos versos

que llevara cada uno de mis días

pasados en tu fuente,

sí, cada uno, mi adolescencia

en tu larga y callada sombra,

 

 ese es el poema que quiero para ti,

casi una elegía, un pulmón

que tenga el aire

y la rabia de entonces,

 

todo el sueño de estar,

de no haberse movido,

de poder hablar

y decirlo todo con tanto silencio,

 

no sé cómo no lo hice antes,

perdóname, me dejé

llevar pero ya estoy en ello,

 

será este poema una canción

que me ayude a beber otra vez

todo el agua de entonces.

 

Dicho queda; como también el amor en las esporas del viento, en el frío de las sombras, en la neurastenia gris de las lejanas montañas. Así,

 

Novia de siempre

 

… dulce lamento

 

te esperaré en tu casa

que ya no es tuya,

y pasearemos

por mi barrio

que ya no es mío,

 

haremos el amor en tu portal,

y ya en el ascensor, llorarás

al saber qué corto fue aquel túnel

y qué inmenso.

 

Se materializa así la redacción de un proyecto de vida; se perfila el goce, la pasión, el día de mañana. El poeta es ahora un gladiador que escribe a impulsos de la pasión; imagina aconteceres, devora su propio libro vital, asciende, se eleva a las alturas desde donde una perspectiva mayor es posible. Crece el rival del Sol, se adora al hijo de sus raíces brotado como una rama de árbol. Se idealiza carnal el amor, el beso punzante bajo las almohadas, como escribió Federico García Lorca, en “Poeta en Nueva York”. Libro y autor, faro y luz en el numen creador de este complejo escritor integral que es Pablo Méndez. El cual, en su prólogo a una de sus últimas ediciones del célebre libro lorquiano citado más arriba, escribió: “… poderoso hechizo de las imágenes de Lorca que inundan todas las páginas del libro, cuando Federico arranca en cada imagen un suspiro del lector y sabe encontrar en cada circunstancia el efecto ideal, unas veces arrollador y terrible, brutalmente desangelado, otras nostálgico y certero, a veces agresivo y rebelde…”

 

Y Cuarta Parte: Club Privado

 

El incendiario. Punto álgido de “Oh, siglo veinte”; poesía que es llamarada y hoguera.

 

al poner la televisión

escuché en las noticias

el incendio…

 

 

nunca, nunca

he vuelto a sentir

algo tan hondo…

árboles calcinados

algo semejante a un grito,

a un dolor, era lo mismo

que divisar la caída

del pájaro más grande

 e inmenso del mundo…

 

árbol donde dulcemente

amasteis a vuestra mujer, está aquí

ahora, convertido al fin en un abismo de cenizas

 

si queréis venir conmigo os diré el lugar próximo,

cuidaremos los detalles y al volver,

respiraremos juntos el jadeo hosco

adictivo, sublime del árbol cuando muere.

 

El acúfeno

 

Dicen que fueron los perros

los primeros en sentirlo,

lo cierto es que aquella mañana

la ciudad despertó con un extraño ruido,

un ruido metálico, agudo, largo

profundo como un silbo

de los que se meten dentro,

 

La premonición poética, latente en el poeta como tentación de su personal alfa y omega. Cero e infinito; subterráneos y etéreos infierno y paraíso, próximos ya a la catarsis poética.

 

… traspasó el país, y fue llegando

a los confines más reducidos

del mundo, era como una de esas lluvias

que al fin y al cabo siempre llegan…

 

Por amor al arte (¿de equivocarnos?)

 

…  pasamos las tardes contemplando el arte

ahogados de aburrimiento, orgullosos, soñando

la luz de otra herencia que devuelva a esta casa

alegres series americanas y partidos de fútbol

 

 

Adjetivo el argumento, el desarrollo de la voz poética; sustantivo la intensidad en el espíritu de la imagen y la palabra; ese escozor de herida que jamás cicatriza, como un bálsamo, como una sombra unida al ser y a la nada; subliminal, egocéntrica, huyendo encadenada y libre en el sueño de todos los horizontes. Asunción de una ontológica paternidad que, prodigiosamente, nos proyecta hacia otras vidas más allá de la muerte, porque

 

…tú eres mi centro:

 

… mi silencio en voces,

mi arma completa,

mi rebeldía de años,

mi pobre corazón,

mi milagro de cada día,

mi mano llena de conchas,

mi árbol iluminado…

 

Culmen y astrolabio de “Oh, siglo veinte” son todos y cada uno de estos poemas imaginados y soñados por Pablo Méndez. Obra literaria mayor, de autenticidad poco frecuente; sin atisbos de vana-gloria; nacida en la hondura que anuncia el esplendor final de un poemario insigne. Epílogo emocionado que el autor dedica a la trágica realidad humana, dramática y surrealista de

 

Federico García Lorca

 

Cuando te conocí allá por 1990

yo tenía quince turbios y despiadados años

y tres colegios a mis espaldas:

 

entonces apareciste tú con tu asesinato

a cuestas y toda tu genialidad vertida

inmune creciendo y creciendo cada día

 

y lo cambiaste todo, lo cambiaste

desde sabe dónde qué lugar qué dulce

dulce y tormentoso sitio

 

todo te lo debo a ti, todo lo que tengo

que es más de lo que pude soñar

te lo debo a esa forma extraña

con la que llegaste a mi pupitre

a mi primera estantería

a mi enorme mañana

de chico con problemas

a ocupar mi sueño

y llenarlo de es pálpito

de ese pulmón de ese crepúsculo

que hiciste tuyo sin apenas mirarlo

 

 por eso todos los 18 de agosto

te busco en la misma luna

que te vio morir

 

y bebo contigo

el licor amargo sublime

robusto de la vida

que por ti tengo.

 

Ramón Hernández

Madrid, a 18 de Marzo de 2014

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