Palabras para Fernando López Guisado y su libro La letra perdida

2 12 2012

La Letra perdida, de Fernando López Guisado.

Ediciones Vitruvio, 11 €

 

Los poemas de Fernando López Guisado es preferible escucharlos en voz alta; leérselos uno en un bar sin mucha gente, pero con algo de murmullo de fondo: tipos que vienen y se marchan, el ruido de los coches ahí fuera en la calle,  las eternas cucharillas dando vueltas al café con leche de la tarde.

Tienen algo de terribles en este libro último, La letra perdida; y también de ingenuos, de purificadores, de catárquicos, pues su autor escribe para expresarse y, de paso, contagiarnos a fuer de sensibilidad de cuanto dice.

Poseen una extraña impronta de juventud en la que se advierte que el dolor extremo, el desengaño y la pereza no llegan a ser toda la pereza, el desengaño y el dolor posibles, aunque Fernando crea haber llegado a ello a sus treinta y pocos años; tampoco la felicidad de ver la existencia propia con un cierto reposo, con inamovible complacencia, laxitud, y sin ganas de litigio ni hambres de comerse el mundo de los demás, nuestros egoístas semejantes.

Con La letra perdida el autor ha escrito un libro de altos vuelos y pretensiones: quiere abarcarlo todo, darlo todo, y hasta encontrarse como ante un espejo; pero, claro, uno no se encuentra acaso jamás en esta vida en el espejo, y créanme, no nos aguarda otra en la que mejor contemplarnos.

Hay mucho de viaje iniciático y de búsqueda desasosegada en ellos, y sus músicas distintas, sus tempos sucesivos, se mezclan, pero no se pierden, pues alcanzan a darnos un todo coral: la vida de este hombretón grande, algo tímido y con grillos de vicetiple en la garganta, que nos abrazaría como un oso pero no nos tocaría un solo cabello de esta cabeza que en mi caso al menos amenaza quedarse en unos años algo calva.

Me gusta de ellos que se pueden recitar, casi cantar; y que tienen voluntad de estar bien escritos, ser literatura, y que Fernando escribe “Hambre de Verdad”, “Templo” y “Universo” con mayúscula y es, amén de profundo, pedestremente cotidiano:

 

“Reclamará su derecho a echar el cierre,

se quedará dormido viendo teletienda,

obeso, cebado de palomitas y alquitrán,

desayunos porno y paquetes bomba de la navidad pasada”.

 

Yo sé que los ha escrito sin prisas; sin prisas tampoco a la hora de buscar editor y publicarlos. Sin duda, en este puñado de años, La letra perdida habrá sido un puzzle disperso, y me complace imaginar a su autor juntando piezas como quien reúne fotografías de familia para hacer un álbum de familia.

Se vislumbran un algo, y a veces mucho, de pop, de kitsch, de popular; también, de comic y peli de serie B, y la mitología canónica de nuestros mayores ha dado paso, sí, tras los Ulises, las Dianas, las Galateas de otrora, a lecturas de Neil Gaiman, donde Morfeo es otro que Morfeo; y Lovecraft. Las derringer de bolsillo, que López Guisado evoca en un magnifico poema, no tienen nada que ver con las lanzas y espadones a las que Menéndez Pidal les medía en  1960 la cintura para que resultaran de verdad en el rodaje de El Cid. Eran otras películas, Fernando no había nacido y, menos, estrenado su primer coche, amado a su primera mujer.

  La letra perdida es, en primer lugar, un libro de amor, y de amor es ese primer poema, casi bailable, adormecedor, con que se abre el poemario: “Bajo los tilos/lo supe./ Aunque sucediera el hielo/ y enmudecieran las estaciones”…, que se corresponde con el que cierra circularmente el libro: “Así, juntos,/cogidos de la mano,/ bajo los tilos”.

En medio de estos dos extremos, navega el autor viendo “un sol rojizo que no se apaga nunca”, “submarinos (que) cruzan de norte a sur sin retorno”, cuestionándose qué cosa es la realidad o entregándose “al cercano horizonte entre tinieblas”, y es que, llamemos a las cosas como las llamemos, estamos hablando de surrealismo, suprarrealismo, para ser correctos; querer juntar las dos orillas de un río, como quería Ramón Gómez de la Serna, lo de adentro y lo de afuera; incluso automatismo, gestualismo en los cuadros de Viola, para no quedarnos en un hecho literario, el que aquí reseñamos con agrado, pues La letra perdida, a la postre, no es otra cosa que una fe de vida, un testimonio de la existencia de Fernando López Guisado, madrileño de Rivas, bloguero y “capturador de lo invisible”, que así reza su tarjeta de presentación cuando la ofrece a los amigos.

Manuel Lacarta

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