Canto cotidiano

23 01 2012

Canto cotidiano, de Juan Carlos Ortega. Ed. Vitruvio

Hay quienes intentan ser poetas y quienes lo son porque no les queda más remedio.

Juan Carlos Ortega forma parte de este segundo grupo y leyéndole uno piensa que la poesía es tan necesaria al ser humano como la vida, si es que se puede establecer alguna diferencia entre ambas. Punto este último muy debatido y al que nuestro poeta respondería con toda seguridad negativamente.

En fin, lo que sí tiene un valor inmenso es el simple hecho de que su obra nos haga sentirnos inmersos en este debate, porque esto significa que su poesía, ya desde la primera lectura, es cosa nuestra, que experimentamos la necesidad de respirar a través de sus versos, de crecer con ellos como su autor, el cual no pudo hacer otra cosa para sobrevivir.

“Mi mundo era hermético.

allí donde otros hablaban

sin miedo,

yo me quedaba callado…

Poco a poco,

muy despacio

y con dolor,

me fui otorgando

el derecho a la palabra.”

Independientemente de lo que se piense con una perspectiva exclusivamente literaria, lo que sí parece cierto es que, con un carácter más esencial, puede señalarse que la palabra  ha sido inventada para comunicarse y este último atributo, la capacidad de comunicación, es lo que ha hecho del hombre una especie aparte y le ha conferido su lugar en la cúspide de la pirámide que describe la estructura de los seres vivos.

 Es por ello que el carácter confesional de estos poemas nos parece un rasgo tan importante como positivo, a la hora de valorarlos y sobre todo de recomendar su lectura.

Por supuesto, lo anteriormente expuesto no niega la validez del aprendizaje literario, sino, en todo caso, acentúa su importancia, puesto que lo incardina en la propia vida del autor, que a estas alturas casi se confunde con el lector y si no, quién con un mínimo de experiencia en el campo de la creación, no firmaría el poema titulado: “El mundillo literario” en el que, hablando de los premios concluye diciendo:

Desconfías.

Desconfías de la imparcialidad

del pasado

y , si no eres fuerte,

desconfías de ti mismo.

Te sientes un imbécil…”

Sin embargo:

Después vuelves a leer

algo muy bueno.

Sientes la llamada

y escribes.”

Sucede que el verdadero dominio de la técnica se consigue a través de la necesidad. El que se ahoga nada para no irse al fondo. El que escribe aprende a domar la palabra para expresar no cualquier cosa, sino lo que él y nadie más que él tiene que decir. Pero, a partir de cierto momento, si los dioses lo han elegido para hacer llegar ese mensaje, las palabras más sencillas se llenan de significado y entonces está claro que nos encontramos ante un escritor.

“Le di otro trago a mi cerveza

mientras pensaba

en todo lo importante de la vida,

que yo también me había perdido.

Y ni siquiera tenía la sensación

de haber sido yo el que elegía”.

La fugacidad y sobre todo la provisionalidad de la existencia humana es un tema numerosamente cantado por los poetas de todos los tiempos; pero con mucha menor frecuencia se pone de relieve en la vida y en su necesario correlato, la muerte, el carácter familiar, casi rutinario, de ambas, lo que nos las hace pasar casi inadvertidas y así sucede que el poeta, en el quirófano al comienzo de una operación, nos dice:

Entro suavemente en la bruma

de un sueño profundo,

del que no sé si quiero

que alguien me saque,

llamándome por mi nombre.

Conciencia adormecida de la propia existencia que, sin embargo, despierta vigorosa cuando se hace “canto cotidiano” en labios del poeta:

“Al despertar

abro los ojos y veo

las primeras luces del día…

entonces me doy cuenta:

mi vida cotidiana

es un regalo excitante.”

Y para demostrarlo, el autor desmenuza a continuación esa vida en una sucesión de instantes que componen una alentadora sinfonía. Así, los poemas titulados: “Dicha”, “Bella durmiente”, “Repeticiones”… retratan ese rostro dulce de la existencia al que tan poco acostumbrados estamos y que tan necesario nos resulta en el áspero camino de este principio de siglo. Al fin, topamos con un ser humano que experimenta en sí mismo y nos comunica con naturalidad pasmosa el gozo de existir sin necesidad de acudir al alcohol, las drogas u otros paraísos prefabricados. El instante en que escribo estas líneas es ya un paraíso. Gracias sean dadas a Dios y a Juan Carlos Ortega por recordarnos que el mero hecho de existir es un don precioso.

Cercados por la desesperanza que domina las principales corrientes filosóficas contemporáneas, es un regalo inestimable leer un poema titulado “Canto a mí mismo”, donde el autor declara:

“Amo la vida

y la vida

me ama a mí.”

Amor a la vida que no excluye la añoranza de lo que pudo ser y no fue, quizá por un capricho del destino, como se pone de manifiesto en el poema titulado “La cita”, que narra la historia de una confusión que impide un encuentro sentimental. Sin embargo:

Yo aún sigo esperándote

en la esquina equivocada.”

Nuestro poeta sigue esperando y nosotros, contagiados por su indómita esperanza, también.

Tal vez la especie humana esté en el lugar equivocado, pero el presente libro nos dice que después de la noche siempre sale el sol y este no entiende de lugares ni tiempos. La vida es una verdad evidente en sí misma para quién así lo siente y si la poesía es, como muchos sostienen, el adelantado de la filosofía, ojalá el volumen aquí comentado anuncie un giro hacia la luz, que sería muy bien venido en estos tiempos oscuros.

Solo nos queda felicitar a su autor por la ráfaga de aire fresco que estas páginas suponen en el panorama poético español contemporáneo.

 José Elgarresta

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Escritos de la zona oscura de José Elgarresta

9 12 2011

Conozco a José Elgarresta desde hace treinta y cuatro años y conozco  la poesía de José Elgarresta desde hace, ya, esos mismos treinta y cuatro años. Uno y otra se parecen, como dos botellines de cerveza de la misma marca o dos huevos de avestruz en una cesta; se comprenden, como padre con sus hijas de paseo por el paseo de Recoletos en día de domingo o el sicoanalizado y el sicoanalista en los cuarenta y cinco minutos de desovillar la lana de angora de la madeja de los sueños, y yo creo que este tipo, este Pepe Elgarresta de apariencia seria, tímido, ensimismado, “hombre bueno”, según él gusta de llamarse; y con aire de andar por libre y a sus cosas, escribe unos poemas serios, por carácter, y con un punto de filosofía estoica que le lleva, pese a descreer del mundo, a arrimar su figura a las paredes del palacete de un dios también estoico; escribe sus poemas, digo, sin preocuparse en exceso por los guiños literarios a otros autores ni por hacer Literatura; un tanto libres a la hora de seguir el canon del momento, que yo no sé quién decide ni cómo se aplica, y es que José Elgarresta Ramírez de Haro, que es niño de familia bien, aunque no quiera; educado en colegio religioso de pago y licenciado en Empresariales y en Derecho, ex funcionario técnico de la Hacienda, no es un escritor à la page, porque tiene vocación ácrata de llevar la contraria al clima del hemisferio donde vive, zambullirse en la piscina de casa en pleno mes de diciembre.

Este tipo, un señor por lo general callado, retraído, que no se prodiga en alharacas, y que escribe libros de poesía, cuentos para niños y para adultos, artículos de crítica literaria en revistas y unas inclasificables “memorias” hasta ahora aparecidas en dos tomitos disimuladas de otra cosa que memorias, que él ha dado en llamar Cutrelandia, y que son un ajuste de cuentas con todos nosotros, sus coetáneos, y un desahogo venial sin excesiva mala leche, confiesa que “la poesía es (para el poeta) el arte de hacer pasar el universo a través de él mismo” o “el arte de bailar sobre el abismo sin perder la sonrisa”.

Yo sospecho que escribir es un acto connatural, cotidiano para con él; parte de un proyecto de vida, que no debe confundirse con la bohemia y el dolce far niente, a las que alguna vez se sintió Elgarresta, sí, abocado, con tanto horror, que se volvió monje y encerró en el dormitorio para enterrarse en el edredón de plumas de la cama.

Su literatura, un tanto escéptica, tiene mucho de diario en cuadernos forrados con papel de hule, que es donde comenzamos a escribir los niños de la posguerra, manchando los renglones con la grasa del bocata; desde luego, de confesión, y yo creo que se sitúa en línea de verdad con la filosofía, aunque huya de mayores formulaciones para quedarse en lo doméstico.

Me atrevo a decir que lo epidérmico, aun a riesgo de rondar lo superficial y la boutade, es uno de sus componentes más activos y atractivos, aunque el poeta ya advertía en 1977 en “El bromista”, el primer poema de su primer libro, Monólogos: “Si me creen superficial/ piensen en lo que hacen/todos los días”.

No quiero caer en las etiquetas facilonas ni en los símiles de dudosa preceptiva literaria con miras históricas, pero su literatura es, para entendernos, más “conceptual” que “culterana”; a medias, descriptiva y narrativa; y, decididamente, puesta a contar mejor que cantar, y es que Pepe no participa de esa idea, no sólo mía, pues lo es también de buena parte de la lírica del Renacimiento y desde luego de los simbolistas, de que un poema es una canción y ha de ser cantado, sino que como don Miguel de Unamuno, por ejemplo, por buen ejemplo; cifra el mérito del verso en un valor emocional, esto es, en la capacidad de ser leído, mejor que escuchado. Así, ese jugar a las parábolas, a la fábula, con su innegable carga de lección moral; los monólogos, los salmos, las escenas, nos lleva a un desasosegante preguntar por la realidad “real” y cuestionarlo todo como punto de partida, más individual que social, en que el arte renuncia a su puesta en escena para favorecer de primera mano cuanto es fruto de un sincerarse imprevisible que en ocasiones resultas incluso kitsch, como en el poema “Un funeral” de Escritos de la zona oscura, el libro que aquí nos ocupa: “Nos reunimos a la puerta de la iglesia/ y nos contamos historias de putas/sin la menor falta de respeto”, o el que sigue a éste en el orden del libro, “La nueva fiesta”: “Nos gustaban las mujeres./ La primera fue una puta,/ ¡qué alivio cuando me dijo/ que había cumplido bien!”. No en vano, Miguel Galanes hablaba en la introducción a la Poesía de Pepe de “ese hombre de la calle que se encierra, se pregunta para, en realidad, preguntarle al hombre mismo…”.

Escritos de la zona oscura continúa la fabulación del mundo de José Elgarresta en línea con los anteriores libros, todos, excepto los tres últimos, contenidos en Poesía (1975-2000), que ahora reedita Pablo Méndez en Vitruvio, con indudable acierto.

Es un libro por acumulación, y su unidad no nos resulta otra que la obligada por esa única voz confesional de sus cincuenta y siete poemas, donde casi siempre el “yo” es el vehículo a través del cual se aborda o, en su defecto, se concluye cada texto como un sencillo epifonema: “A mí, que siempre supe que estaba vivo/ ¿de qué me sirvió este conocimiento?”, nos dice en “La vida fugitiva”, el poema liminar del libro, y donde la variedad de sus registros marca a su vez estados de ánimo, pero siempre dentro de semejante culpabilidad, como cuando el poeta escribe en “Un niño me llama”: “Las estrellas me hacen guiños/ y un niño me llama,/ un niño castigado por querer ser feliz”, la misma presencia obsesiva de la muerte, como cuando el poeta escribe en “Sombras”: “Cuando miro mi muerte/ veo un solo foco,/ en busca del libro/ que contiene las instrucciones del viaje”, las mismas imágenes recurrentes de “jardín desierto”, “noche solitaria”, “acecho de la eternidad”, “estaciones vacías”, “llanura limitada por un abismo”, o confesión de “misantropía”, que tanto guardan de la querencia romántica hacia nuestra literatura del XIX: la exaltación de los sentimientos se constituye en el eje de todo el discurso poético; el paisaje se muestra, se exhibe y se maneja como fruto de un estado emocional.

Aquellos aparentes desdén y desapego rastreables desde sus libros anteriores están también aquí, en sus palabras, y, en el fondo, José Elgarresta en Escritos de la zona oscura sigue siendo aquel Francisco de Quevedo y Villegas: cojitranco, giboso, con ojos cansados bajo las lentes de sus muchas dioptrías, que se siente un hombre más bien feo en esta vida bella; pero poeta, el poeta José Elgarresta, que, a los sesenta y cinco años, ya lo ven, escribe libros de poesía.

Manuel Lacarta





Las “Maneras de volver” de Rafael Soler

30 04 2009

 

 

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Hablando con Rafael acerca de la presentación de su libro y ante mi pregunta sobre el motivo de querer volver al planeta literario, él, un novelista conocido y reconocido, después de veinte años de ausencia, con un poemario, me respondió que lo hacía “para poner las cosas en su sitio” y agregó que, aún habiendo publicado un solo libro de poemas hasta el día de hoy, él se consideraba fundamentalmente poeta, aseveración paradójica que no lo es tanto si se piensa que los géneros literarios son ramas de un mismo árbol, cuyo tronco es el propio autor. ¿Y qué es Rafael Soler Medem? Un cronista de la ajenidad.

No vamos a repasar aquí su obra narrativa, pero no creo equivocarme si digo que toda ella está empapada de esa sensación sutil de pérdida de algo que nunca llegó a pertenecernos, porque realmente quisimos otra cosa, la cual nunca llegamos tampoco a definir y eso es la vida: un fluido impalpable y maravilloso que escapa entre nuestros dedos y las historias narradas sobre ella son imágenes de una película, la que necesita el director para dar un soporte de carne y sangre a sus ideas y a sus sueños, pero esas ideas y esos sueños son la poesía y por ello Rafael se considera esencialmente poeta.

En consonancia con todo ello y según propia confesión, Rafael es un hombre “muy desconcertado, muy sorprendido por lo que ocurre alrededor”. ¿No es acaso la capacidad de asombro un requisito esencial del poeta? Vemos así cómo se van aclarando las razones que explican su postura.

Pero no sólo cuanto ve le produce asombro, también opina que la literatura es soledad y la poesía un deslumbramiento que él sólo puede plasmar “cuando me encuentro en ese estado interior que la impulsa”. Ahora comprendemos que, dada su visión del mundo y su necesidad de contemplarlo desde la distancia que él mismo se impone, su retiro no fue ilógico, sino una consecuencia necesaria de sus planteamientos vitales, los cuales también suponían el regreso, tras un lento proceso de maduración, cuyo fruto ha sido “Maneras de volver”, un título que por si mismo lo dice todo. Capacidad de asombro, desconcierto ante la propia existencia y la necesidad de compartir ambos con el lector son los motores de este libro, como, me atrevería a afirmar, de toda gran obra literaria.

Sobre este telón de fondo podemos ahora examinar con más detalle la obra que aquí nos ocupa. “Maneras de volver” está estructurado en tres capítulos: el primero de ellos, “Amor kebap”, trata del amor, ese amor comparable al humo del cigarrillo que uno está fumando cuando aparece la mujer deseada y que, al extinguirse como la propia relación, deja el corazón perplejo, un amor abierto al infinito, pero con fecha de caducidad. “Vivir es un asunto personal” es una descripción y un intento de apresar esa vida que debiera ser nuestra, puesto que en torno nuestro acontece, pero se resiste a cualquier interiorización y huye de nosotros, dejándonos en la soledad del punto de partida. “La casa helada” es final de trayecto, la búsqueda de ese hogar último que a lo largo del libro se aleja del autor, como el agua de los labios del condenado en algún remoto infierno. Vemos, pues, que “Maneras de volver” es la narración de un viaje. El viaje de alguien que recorre su mundo interior con el fervor del marinero que desearía echar raíces en cada puerto, pero el mar lo llama ¿y quién puede conocer el mar?

Iniciando nuestra particular navegación por el libro y como confirmación de lo anteriormente expuesto, recalamos en el “Antidiario”, donde el autor sufre un desdoblamiento de personalidad, de tal forma que, tras enumerar las actividades y pensamientos de una cotidianeidad que no siente como suya, constata que su yo – ¿real? ¿soñado? Pero ¿qué importa si para él es el auténtico? – está “atado por siempre a tu ventana”. A una ventana que surge y desaparece con cada experiencia amorosa, pero en la cual ha quedado impresa su verdadera imagen y no la que el matutino espejo le devuelve. Y durante un instante crucial ambos yo se contemplan, antes de regresar a sus mundos paralelos en la trampa del tiempo.

Provisionalidad y permanencia mantienen, pues, una curiosa relación antagónica y sin embargo complementaria, que transcurre al margen de la voluntad del poeta, pero le conduce a un estado donde lo transitorio se ha convertido en definitivo y el pasado se ha instalado en el futuro.

 

“Quizá se llame Lola tiene un lunar una bufanda

 y no volverás a verla nunca”.

“Yo estaba en mi camino sentado con la tarde

 y tú pasaste”.

 

Pero finalmente:

 

“cuando entiendas que la vida que te falta

            es entera la vida que me has dado”.

 

Parece que los dos yo se encuentran tras una lenta maduración, que tiene siempre lugar fuera del alcance del autor y el resultado se asemeja al final de una película donde, tras un plano general que ahora sí muestra todo, aparece el rostro del poeta que contempla, ensimismado y perplejo, su propia vida y a la mujer que había estado demasiado cerca para que su presencia resultara visible en ese espectáculo de sombras y destellos fugaces, durante el cual el amor esculpe a nuestra espalda la estatua, que perdurará, de nuestro ser en el otro. El poeta no es Dios, pero sí puede, en el instante del poema, anular el espacio y el tiempo.

Continuando nuestra singladura y puesto que nos hemos referido a la perplejidad del poeta, ¿cabe mayor zozobra que la contenida en estos versos, dirigidos por el autor nada menos que al Todopoderoso?

 

“Ese el que sabe líbreme.

 Ese el que ignora cuídeme…

 de tipos como yo

 en un mundo de certezas viviendo con su Duda”.

 

La ajenidad del poeta parece elevarse aquí a un plano metafísico, extendiéndose a un Dios que se desentiende de su obra, un mundo de certezas absurdas donde mora el autor, un laberinto de infinitos espejos, que devuelven la pregunta sin el menor indicio de respuesta.

Así, no es extraño que el poeta ironice sobre sus años mozos y su conclusión inevitable:

 

“Yo escribía entonces versos falsos y rotundos…

 y (era) una paloma mi única vecina

            después llegaron otras…

            vestían de gris eran adultas y pronto me ofrecieron

            un empleo estable y una deuda letal con avalista”.

 

Lo que debiera ser ilusión se torna desencanto y esto mismo acontece en todos sus intentos de establecer una relación profunda con otras personas (amigos, mujeres…) o de valorar positivamente cuanto le sucede; todo lo cual queda fielmente reflejado en el último poema del segundo capítulo, donde, con el adecuado título de “Inventario”, recoge el autor sus experiencias vitales, cerrando la enumeración de las mismas con un resumen desesperanzado y lacónico: “asma…una deuda joven…un amigo antiguo…varias gafas de sol…una promesa…un buzón…un homenaje…un divorcio…odio al alcohol…dos plumas…y un día más para seguir conmigo”.

Pero no es inmune el autor a la necesidad de afecto, ni el viajero a la de retornar al hogar al fin de su periplo y por ello dice:

 

“día menor y sin ventura te escucho deambular

            entre las cosas que amé y nunca fueron mías…

            (veo) ese extraño afán que siempre me entretuvo

            entre un hilo y el siguiente descuidando la vida…

            y ahora quisiera enderezarme

            tener la frase justa entre los dientes…”

 

Esa frase justa, ese momento de plenitud que da razón de la existencia, el hogar soñado… ¿Está aún a su alcance? Difícilmente, pues, poco más adelante, ironizando, pide:

 

“que el último en morir no se quede por favor entre nosotros…

            que se vaya pobrecillo con los suyos…

            hasta la resurrección dicen de la carne

            el perdón quizá de los pecados y la vida eterna en todo caso”.

 

La frase justa se la llevan los muertos entre sus labios cerrados y eso es todo. ¿Todo? No, pues en el último poema del libro, en una imprecación final al Todopoderoso, el poeta escribe:

 

“resucítame

 y por un instante en vilo nada cambiaré de lo vivido”.

 

¡He aquí la frase! Pues si cuanto le ha sucedido al autor está fuera de su voluntad, no lo está la asunción de sus consecuencias y esa asunción convierte de una sutil manera lo ajeno en propio, de ahí el título del libro. Hay muchas maneras de volver, pero sólo una que garantice la perdurabilidad del poeta por encima de los impredecibles aconteceres que conforman su vida y ésa es precisamente la elegida por Rafael: el hombre no es respuesta, sino pregunta y no cualquier pregunta, sino la que cada uno de nosotros siente que le quema las entrañas. Cuál sea la respuesta es hasta cierto punto indiferente, pero no lo es el no tirar la toalla, el asumir los frutos del azar existencial como propios, el transmitir al lector la narración de este árido, pero maravilloso viaje interior a lo más profundo de la noche.

Porque sin viajero no hay viaje y porque la noche no es la tumba, sino la morada del hombre.

 

José Elgarresta